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Portada del cuento Tramontana por el través de Javier Romero Martinengo. Foto del mar.

Subes a cubierta, pensativo y algo hosco.

—Pues han dicho que se va a montar una gorda.

—¿Muy gorda?

—Define “muy”.

—¿Como para preocuparse?

—Define “preocuparse”…

—Vete al carajo.

Te había visto bajar a la cabina. Me he asomado, estabas manipulando la radio. Estática. Era la hora del parte, debían estar a punto de darlo. Más estática. Palabras en francés. Has cambiado de canal. Una voz ha empezado a desgranar una especie de letanía, que me ha sonado como cuando leen los derechos al detenido en una película americana. No he entendido gran cosa, así que he vuelto a cubierta. Ya me darás el parte del parte.

La tarde está rara, el mar nada revuelto, aunque sí algo nervioso. Navegamos con mayor y génova, aprovechando un vientecillo con poca personalidad, desganado. A lo lejos, por la proa, se acumulan nubes; el horizonte marino nos rodea en su perfecta e inmaculada circularidad.

Te conozco desde siempre, te escurres como tienen fama de escurrirse las anguilas, incluso conmigo. Así que, después de mandare al carajo, me desentiendo, no del veredicto recién emitido por radio, sino de tus pocas ganas de compartir lo que sea que te esté pasando por la cabeza. Ya compartirás cuando te parezca oportuno.

Miras a lo lejos, al mar, al cielo; luego miras a lo de cerca, a las velas; tal vez estás analizando la situación, tal vez solo quieras aparentarlo. Vuelves abajo, te observo con disimulo por la escotilla. En tu meticuloso cuaderno de bitácora, cachivache obsoleto donde los hubiera, anotas la hora, latitud, longitud, velocidad. Miras la carta y, ayudado por las paralelas, marcas lo que supongo que es nuestra posición, con claro desprecio del plotter que tienes sobre tu mesa de patrón. Luego quedas inmóvil. Un rato. Un rato más.

Vuelves a cubierta.

—No sería buena opción dar media vuelta, estamos demasiado lejos de la isla. El viento se nos vendría encima mucho antes de llegar a un refugio, y enfrentar el vendaval de tramontana con la costa a sotavento… Francamente, no —dices con voz tranquila, como quien enuncia un sencillo teorema.

—Por lo tanto, seguimos —apunto, para simular que me implico en la decisión.

Te encoges de hombros; estoy a punto de pedirte que definas “encogerse de hombros”, pero me contengo. Pasan los segundos, que se fusionan unos con otros para convertirse en minutos, que empiezan a edificar un proyecto de hora. A lo lejos, las nubes crecen, o solo se acercan, dejan de ser blancas; los tonos grisáceos se me antojan antipáticos. El mar está cada vez más nervioso. Y yo. Tú no sé.

—Bueno —miras el reloj, el proyecto de hora anda mediado—, manos a la obra.

Sin darme tiempo a responder, ni a preguntar que manos a qué obra, ya has bajado a la cabina. Se abre la escotilla de proa y aparece la bolsa del tormentín, seguida por tu gesto exigiéndome acudir allá. Sé que solo eres autoritario en momentos de tensión, así que a proa voy, diligente, sin rechistar. Este barco es tu mundo; yo soy una simple presencia accidental, convocada para acompañarte y ayudar en una travesía con visos de ser, oh exacerbado optimismo, un “poco” agitada. Sea como sea, he de justificar mi presencia a bordo, o no me volverás a convocar; por lo tanto, una vez en proa, me activo: despliego el estay volante, le paso los garruchos del tormentín y hago firmes los puños de amura y de driza. El tormentín es una vela pequeña, reforzada, recia. Al ollao correspondiente le amarro las escotas, nos servirán para orientarlo: se trata de cabos de un grosor reconfortante. Palpo la solidez del tormentín y de sus escotas: eso me tranquiliza. Por un momento pienso estar experimentando la misma sensación de un guerrero medieval palpando la solidez de las murallas de piedra que lo protegen; aunque qué sabré yo de las sensaciones de un guerrero medieval. Lo que sí sé es que esta vela me protegerá, te protegerá a ti también, de la gorda que dices que dicen se va a montar. Perdido en mis elucubraciones, al levantar la cabeza, capto tu mirada; me parece percibir una sonrisa irónica: es posible que mi imagen, palpando una vela con esperanza, la merezca.

Pasa un rato.

—Rizamos —dices.

Desde la bañera, maniobramos hasta que la mayor queda reducida a un pequeño triángulo.

—¿Tanto? —pregunto.

—Tanto —respondes.

El diminuto tamaño al que me has hecho dejar la mayor me da una idea de la magnitud de lo que viene.

El viento casi ha caído; solo soplan unas pequeñas rachas despistadas, de aquí ahora, de allá al cabo de un momento; eso hace dar al génova, desorientado, bandazos confusos.

—Enrollamos génova.

Sin darme tiempo a actuar, ya estás cobrando de la driza, y pronto el génova desaparece, engullido por su enrollador. Por favor, cómo te gusta dar órdenes, incluso cuando eres tú mismo quien luego vaya a cumplirlas.

El barco, casi inmóvil, nos comunica su calma tensa.

—Voy cerrando escotillas, ¿de acuerdo?

Y sin esperar respuesta, me pongo manos a la obra. Me secundas, haciendo desaparecer de cubierta todo lo innecesario y trincando pertrechos en la cabina.

—¡Arranchar a son de mar! —digo, con ostentación de léxico marinero, para impresionarte.

—Nos van a dejar bien arranchados —creo que murmuras, burlándote implícitamente de mi pequeño alarde.

Apenas oigo tu respuesta, pues estamos poniéndonos los trajes de agua y, encima de los trajes, los arneses.

—En cuanto empiece el viento, nadie en cubierta sin sujeción a la línea de vida.

A sus órdenes, Excelentísimo Almirante de la mar océana, estoy a punto de contestar; pero me callo a tiempo.

De nuevo en cubierta, el decorado ha cambiado. Las nubes han virado al gris muy oscuro, cada vez más cerca del negro, cada vez más cerca de nosotros. Ahora sopla un viento que ya viene del norte, es todavía una larva de viento, un primordio, si bien apunta a ser robusto y enérgico; empieza a presionar sobre la menguada parte aún expuesta de la mayor. Izamos el tormentín, el barco se estabiliza y anda.

—Estupendo, solo quedan ochenta millas hasta el continente. Mientras podamos, caemos lo más al sur posible, para escapar de la zona donde va a pegar más fuerte.

—Entendido…

Ahora que llevamos todas las escotillas cerradas, la cubierta expedita, las velas reducidas a su mínima expresión, y nosotros andamos equipados y arnesados, me doy cuenta de que el barco, sobre el telón de fondo gris cada vez más oscuro, se ha hecho pequeño.

******

Tu traje de agua de color naranja chorrea. Noto tu ropa húmeda sobre mi cuerpo, noto cómo los rociones buscan los resquicios de tu impermeable para colarse y empaparme, siento tu frío en mi piel. Lo que no siento es tu miedo: el miedo es mío, me lo has dejado a mí. Desde que se nos vino encima el primer turbión, desde que todo se oscureció, desde que empezó a caer agua, desde que unas ráfagas primerizas, de injustificada furia, hicieron escorar el barco y unieron el agua del mar al agua del cielo, el miedo ha ido creciendo, lento e imparable. Y todo ha ido a peor. El mar se ha transformado en un ente maligno, deliberadamente hostil, y nos agita sin compasión, nos enfrenta a paredes de agua que llegan por la amura con las peores intenciones del mundo. El viento aúlla, despiadado, y prolonga su aullido hasta congelar la sangre en tus venas, o en las mías. Tu embarcación, valiente, enfrenta el oleaje de la mejor manera que sabe y le ordenas; aun así, tu mano experta no puede evitar que, de vez en cuando, su vientre, lanzado hacia arriba por una ola peor que las demás, golpee con rudeza, en su caída, la superficie del agua, que parece adquirir consistencia pétrea para la ocasión. Esos pantocazos la estremecen de quilla a perilla y ese bárbaro estremecimiento encuentra eco y resonancia en nuestros cuerpos ateridos. Es de noche, hace tiempo abandonaste cualquier pretensión de tomar decisiones sobre el rumbo y, aunque no me lo hayas dicho, sé que solo intentas mantenernos lo mejor posible contra el mar. Ya no se trata de ir a alguna parte: se trata de sobrevivir.

El barco se ha hecho aún más pequeño, tan pequeño que tengo la sensación de poder tocar la proa extendiendo una mano y la popa extendiendo la otra. Yo intento hacerme pequeño también. Que no me vean las olas. Que no me vea el viento. Que no me veas tú. Temo que notes cómo mi presencia de ánimo se ha evaporado, cómo estoy acurrucado en un rincón de la bañera, y te des cuenta de que ya no sirvo para gran cosa, yo que debía ayudarte en esta travesía.

En eso me miras y oigo:

—…mientras aguante el mater…

Deduzco que has dicho que iremos bien mientras aguante el material. Miro los obenques, el mástil, la botavara, el timón, las escotillas: todos están sufriendo el asalto cruel de los elementos, cualquiera puede decir basta en algún momento, como creo que estoy a punto de decirlo yo.

—¡Fragilidad! —grito, no sé muy bien por qué.

O sí lo sé y tú también lo sabes: nunca en nuestras vidas habíamos experimentado una sensación de algo de manera tan profunda, cabal, definitiva, completa.

El tiempo también se ha hecho frágil, pasa sin pasar, podría romperse en mil pedazos en cualquier momento; navegamos a través de la noche, en busca del improbable final de la noche.

*****

 Creo que me he amodorrado. O puede que haya huido. Pero algo me hace regresar: un cambio en el movimiento del barco, al que hace un rato le quedaba un resto de nobleza, resto evaporado y sustituido por un sube y baja caótico, violentísimo. El barco ya no ofrece la proa ni la amura a las olas, ahora las recibimos por el través, de lado, como un boxeador derrotado que abre su guardia y encaja el castigo en su punto más vulnerable. Cada ola hace escorar el barco, tanto que el mástil casi toca el agua; a la escora sigue un momento de terror: dudas si va a enderezarse o no, mientras te aferras a lo que sea para no salir disparado. Al final, el barco se endereza y aguantas la respiración esperando la próxima. Estar atravesados al oleaje no es normal, algo ha pasado. Ves el timón, que gira enloquecido, ciego: se ha roto alguna pieza y el barco está sin gobierno. En uno de los zarandeos casi sales por la borda, lo que te recuerda que en cualquier momento puede ser la escorada definitiva y todo habrá acabado. Miras con escepticismo resignado la balsa salvavidas hinchable, inútil hasta lo patético. Nuestras miradas se encuentran y tú oyes mis palabras:

—Hay que conseguir que la proa vuelva al viento, hay que improvisar un ancla flotante…

Bajarás a la cabina, pasará el rato, yo ya estoy vencido, pero tú no. Al cabo de un tiempo, a la vez brevísimo e infinito, volverás a cubierta. No sé cómo has conseguido hacer dos, o tres, atados con todas las colchonetas de las literas, cada uno con un largo cabo.

—¡Rápido, al agua! —vuelves a oír mi voz.

Los bandazos, las escoras, las olas nos golpean, el agua llega por todas partes: estamos en medio de una orgía líquida de cólera infinita, imposible que yo haya dicho nada, imposible que me hayas oído. A pesar de todo, tiras los dos, o tal vez los tres, atados por la borda.

—¡Amarra esos chicotes a proa, deprisa, antes de que el mar nos los arranque de las manos y nos vayamos al mismísimo infierno! —aúllo. No me reconozco dando órdenes, tendrías que dar las órdenes tú y ser yo quien las ejecutara. Todo es muy raro; yo estoy bloqueado, paralizado. Tú vas a proa medio gateando, reptando casi. El arnés que te une a la línea de vida se engancha en algo y sueltas el mosquetón, loco, no hagas eso, ni siquiera lo digo, solo tengo fuerzas para pensar. Debo ayudarte, es cuestión de vida o muerte, pero estoy perdiendo mi sustancia; me he convertido en una gelatina amorfa, pegada al banco. Sin verte, sé que has llegado a proa, igual que sé que has amarrado con tu usual maestría los cabos a la cornamusa. Justo en ese momento, una ola nos tumba el barco, una vez más. No veo nada, espero con ansia recuperar la verticalidad. Al final, aunque con marcada renuencia, nos adrizamos, chorreando agua por todas partes. Cierro los ojos. No quiero saber que la ola se te ha llevado. Aguanto la respiración; me doy cuenta de que sigo vivo y eso significa que tú también estás vivo.

No me sorprende demasiado, pues, que me llegue tu voz, lejana y próxima a la vez.

—Me dio tiempo a volver a poner el mosquetón del arnés en la línea de vida…

—Cabrón, qué susto me has dado. Creí llegado nuestro fin.

—Has tenido una buena idea con lo del ancla flotante —me apruebas, tras una pausa silenciosa.

En efecto, el barco, casi imperceptiblemente, ha ido aproándose al oleaje. Notas las sacudidas menos violentas; compruebas, con alivio, que el mástil ya no besa el agua con cada ola. Hasta te permites la broma de proclamar que estamos en una navegación placentera. Y a mí me ha llegado la hora de descansar.

La tenue luz del amanecer te hará ver que el mar ha perdido bravura: has ganado. Has ganado, aunque el tormentín de apariencia indestructible haya desaparecido, aunque la botavara esté torcida y medio arrancada, aunque la mayor haya quedado hecha trizas, aunque el timón gire como un muñón inútil. Pero estás a flote.

Pasa el tiempo, tal vez minutos, que, rebeldes, se resisten a confederarse en horas. Con pereza lánguida, piensas que tal vez ha llegado el momento de pedir ayuda por radio. Pero no hay prisa. Estás vivo, te sientes vivo. Disfrutas en completa plenitud de ello y también, y mucho, de la inmensidad del océano sobre la que reinas desde un pequeño y valiente despojo. Dejas pasar más minutos.

*****

Cuando consigues contactar con la estación costera, te preguntan tu posición exacta, el nombre del barco, su estado, tu nombre…

—¿Cuántas personas a bordo?

—Solo yo

—Hombre, a quién se le ocurre navegar en solitario con un temporal como este…

—Uno siempre encuentra compañía cuando la necesita —murmuras.

Pero alguna interferencia se cruza en el camino de tu respuesta, así que tus palabras, mi epitafio, se pierden para siempre en la estática.

Barcelona, diciembre de 2024

Javier Romero Martinengo

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Sobre el autor

Escritor opsímata de cuentos y microrrelatos. Nací en 1955; de entre varios caminos escogí el que me llevó a ser catedrático de Ecología en la Universitat de Barcelona: una vida para aprender del mar, para enseñar el mar, para gozar del mar. Después de muchos años de sometimiento a la rígida armadura de la expresión científica y académica, asomarme al campo de la creación literaria me ha permitido iniciar la lenta y tardía exploración de territorios narrativos en los que busco, además de griales improbables, un destello de estilo propio.

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