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—¡Mataron a Rubén y tu hermana pue que no la libre! —llegó el mandadero al monte, mordiendo las diez de la noche, con la mitad de las provisiones para los cuidadores del ganado—. ¡No tuve tiempo de jalar con todo, apenas con las malas! La mula viene bien tronada, no la pude descansar, pa poderte dar aviso. 

—¿Cómo? ¿Quién chingaos jaló el gatillo? 

—¡No se sabe! —Erasmo metía resuello a tragos grandes— dicen que los confundieron, pero no parece, fue tiro directo en la puerta de su casa. Tus carnales ya están con las autoridades y otros en la clínica. 

—¿Seguro que no murió mi hermana? ¡Dime bien, no me vengas con que se te figura! 

—Aguanta, Chamuco, deja que respire, no lo zangolotees, se le va a voltear el cuajo —decían los compañeros de monte.  

—Esperé que el Perico me despepitara bien el relajo. Dijo que le pudieron parar el sangrado de la panza; dos plomazos la atravesaron. La iban a mover a San Marcos, para que la cosieran. Pero que el Rube puso el cuerpo pa protegerla, y quedó allí merito, le vaciaron el cilindro.

—¡La puta madre que los parió! ¿Nadie vio nada?

—Al parecer iban entrapados. Andaban amenazados, bien lo sabes, esas benditas tierras que no quiso vender tu cuñado. Jalé la mula con lo que alcancé, sin esperar nada, ni al jacal pasé con mi jefita.  

—¡Pues ábranse que me estoy largando desde ayer! ¡Tengo que saber qué pasó con la Cleo! 

—¡Ni se te ocurra irte así, la pinche barranca te va a trambucar! Si ya me andaba en los peñascos y se vino la noche.

—No voy a quedarme sentado, aunque tenga que avanzar a pata, me voy de una.  

Don Jerónimo se adelantó para hablar con Abdom, que se precipitaba con la montura y el arma.

—¡Chamuco, escucha por esta vez!  Erasmo es el único que se la sabe a oscuras. Déjalo que eche taco y le cambiamos la bestia para que te acompañe. No completes la desgracia, que el cajón ya está abierto.  

—Nomás que no la haga cansada, que la dientes de mazorca ya hizo agosto y está esperando desperdigar más cuero. 

Jerónimo apresuró a los que calentaban en el fuego la olla de frijoles.

—¡En chinga! ¡Sírvanle al Eras la platada de enteros, se nos regresan volando! 

Abdom revisó el rifle, después de limpiarlo lo metió a la funda colgada a la montura. Con resquemor saboreaba el recuerdo de la última tarde en casa de su hermana.

Hacía dos semanas que estaba en el monte. Fue a despedirse con el afán previsor de la mañana. Mucho para decirse, sin que la hora de partir los dejara agrandar las palabras. 

—Cuando regreses las tunas del patio estarán llegadas, tienes que venir para que comamos —alcanzó a decir cuando su hermano estaba con el pie en el estribo—. ¡No te tardes o me voy del pueblo, jaja!

Cleotilde entraba en los veinte y esperaba su primogénito. Era la única hija de los Izquierdo, la cómplice cercana de travesuras infantiles de Abdom. Quería estudiar, pero las dificultades la sacaron pronto del salón de clases y la devolvieron al maizal. Aprendió primero a ordeñar, que a leer y a escribir. Un día nos iremos de este pueblo lagartijiento, Xocoyote, le decía, hasta que dejó de lado las ilusiones, tras varias cachetadas de necesidad y hambre.

—¡Me devuelvo en la otra lunada, Cleo! Pero te discutes unos escamoles en salsita verde, de esa que te queda bien picosita. Yo traigo los pulques de Santa María y aguamiel para ti.

—¡Ya dijiste! Oye, te despides de tu madrina, la doña Nati, siempre anda pregunte y pregunte por ti. Seguro estará afuerita, o asomada en su ventana. ¡Ya verás!

—¡Vámonos riendo!

Salió del patio a trote lento, justo al dar la vuelta Natividad Arista, su madrina de bautizo y confirmación, lo saludó desde su casa con la sonrisa incompleta.

—¡Apenas llegas y sales tundido de prisas, mijo! ¡Míralo, pues, quién te llama tan lejos!

—Nomás voy al monte, madrina. Mientras podamos arrastrar la suerte, la despeinamos y la volvemos loca. Aquí ni elotes tiernos hay pa entretener la solitaria.

—¡Mi muchachito! Nunca que te despegabas de la nagua de Joaquina y ahora bien venadillo que te hiciste, siempre tirando al monte.

—¡La oigo tristona! ¿Ya refiló cafecito? ¿Echó taquito, madrina?

Abdom hizo por bajarse de la mula, pero Natividad se lo impidió a señas.

—Ahí la llevamos. Las hambres de a diario nos dibujaron mala cara, ni de qué asustarse, algo de purgatorio no nos hace daño —se acercó a la puerta—. Quiero darte bendición, antes que te pierdas tanto tiempo sin venir a visitar a esta vieja escandalosa. 

—¡Discúlpeme madrina, son las mañas de la apuración! Pero bendígame el camino que luego se hace más torcido, sin santo que acompañe.

—Vete despacio, que a la muerte nadie le gana ¡La virgen y Dios te bendigan!

La puntada del recuerdo se abrió con la voz de Erasmo devolviéndolo al monte.

—¿Ya se te arrugó, Chamuco? —limpiaba el caldillo de frijoles con el dedo en el plato—. Porque ya estoy enjabonado. 

Percibió un humor denso sobre los hombros de Abdom y en el fondo de sus ojos se podía tantear el miedo templado de angustia atrapada.

—¡Búllele! ¡Que se me enfría el coraje! 

Las horas a tientas entre el monte tornaron en rosario de quince misterios y cinco horas de desperdigar zancadas. Aullidos de coyoteras y lechuzas acicalaban sus espaldas sudorosas.

El látigo de la madrugada les agarrotó la cara y los dedos de las manos, asidas a la rienda. Cayeron al pueblo adormecido. La Nopalera apretaba a los fantasmas vagabundos en las callejuelas, rodeadas de paredones heridos por décadas de desmemoria. El sudor del cabello se les cristalizó después de quitarse el sombrero. 

El minutero robaba espacio saltando las cuatro de la mañana. Abdom bajó de la mula y Erasmo le siguió las huellas, hasta que llegaron a la plaza, frente al palacio municipal y la iglesia.  

—¿Ora pa dónde jalamos, tú? —Erasmo escondía la cabeza entre los hombros, con los ojos ardorosos y la quijada tambaleante—. Apenas siento el fundillo y las corvas me tiemblan. 

—Dale rienda con tu jefecita. Atravesaste el monte y te la quedo debiendo en plata, chamaco.  

—¡De perlas! Voy a rolarme un rato. Luego caigo en tu casa cuando se me destrepe el muerto, por si algo se ofrece.  

—Hiciste bastante con traerme, Eras. Mañana regrésate con el faltante de mandado, que no ajustará de bastimento la manada. Aquí la cosa ya se jodió, y no estás enlistado en este cuete, a ver de a cómo toca.  

—Ta bueno, Chamuco. Te la tomo nomás porque siento que se me parte el culiantro en tres.

Erasmo dio vuelta con el ánimo al suelo y la rienda al hombro. Su paso arqueado se difuminó en la avejentada noche, dando rumbo al animal y al sueño.  

Abdom apuró el paso a la comandancia, el único lugar que albergaría las desesperanzas y los últimos trámites.

Amarró la mula en el caballete de la entrada. Entraba ansioso y el policía lo detuvo.

—¡A dónde va, espere que lo revise!

Volteó Abdom para encararlo, el policía lo reconoció y desorbitó la vista. Agachó la cabeza y le cedió el paso.

El comandante a cargo daba informe a los Izquierdo. Cleotilde había muerto, decía a sus hermanos, en el momento que entraba.

—No se pudo hacer mucho por su estado. Murió de camino. ¡Lo sentimos!

Abdom había aguantado el cuchillo de la flaca despellejándole la espalda y apretándole el pecho para poder verla. Se le coaguló el corazón y la esperanza malherida dejó de latir.

Las ilusiones de Cleotilde, sabiendo que su esposo había muerto, igual que su sangre, fueron insuficientes para aferrarse a lo poco y mucho que tenía bajo un techo sencillo, en su propia tierra, de la que nunca pudo salir.

—¡Necesito verla! —dijo Abdom a sus hermanos—. Puedo irme en la mula.

—Pues hay que ir por ella y juntarlos en la casa —asintieron los hermanos.

Pedro, el mayor, se encaminó a la salida tras Abdom que seguía rumiando sus presentimientos cumplidos.

—¡No la vi pasar a la hija de la chingaa! —murmuraba encorajinado—. Se me adelantó a media cañada. ¡Pinche prisa de la tacaña por llevarse nuestras alegrías!

—¿Qué tanto rezas? Hay que darles prisa a los arreglos, don Goyo nos espera sin saber que el desmadre ya se hizo.

Salían del pueblo arañando las cinco de la mañana a recoger el cuerpo. Ni señas de luz alguna que quisiera acabar con las pesadillas recurrentes. Apenas el destello de herida abierta y dolorosa en el horizonte.

Abdom volteó atrás. Habría querido limpiar el alma, pero solo se alcanzó los ojos. El pueblo había dejado de vibrar en sus entrañas, una manta de orfandad sombría aquietaba los sueños bajo la piel. Las calles oscuras se congelaron en un eterno adiós inaudible, que no se dijo ni con la mirada húmeda. Un recuerdo roto por las grietas del dolor quedó sembrado en el corazón de la tierra agostada de misericordia.

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Sobre el autor

Luis López Sandoval (Nopalucan de la Granja, Puebla, México, 25 de agosto de 1977) es escritor y docente mexicano. Tercero de nueve hijos, pasó su infancia entre el ámbito rural poblano y una comunidad cafetalera del municipio de Huatusco, Veracruz, experiencias que influyeron de manera profunda en su formación humana y en su imaginario narrativo.

Cursó la secundaria en Veracruz y realizó sus estudios de nivel medio superior en San Luis Potosí, donde ingresó a un internado de la congregación redentorista. Posteriormente estudió Filosofía en el Pontificio Seminario Palafoxiano de Puebla y Ciencias Teológicas en la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México.

En el año 2000 inició su trayectoria profesional en el ámbito educativo. Desde 2008 reside en la ciudad de San Luis Potosí, donde se desempeña como docente de nivel medio superior y colaborador en el área administrativa del Instituto Latinoamericano.

El Capricho de Dios marca su debut como escritor de ficción, consolidando una voz literaria que dialoga con la experiencia, la reflexión ética y las tensiones humanas contemporáneas.

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