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grayscale photography of bottles on top of table

La última y nos vamos

–Deja de llorar, cabrón. 

–Te juro que no lo vuelvo a hacer.

–¿Cómo dijiste? 

–Le juro que no la vuelvo a tocar. 

–Si ya sabías, para qué andas jugándole al bravito, chamaco pendejo. Ahora te va a cargar la chingada a menos que mi patrón se apiade de tu voz. 

Pollito es o era, hasta este momento, un fiel creyente de que si tocaba y cantaba en los podridos congales del pueblo podría salir de aquí. Lo creía hace un mes cuando por interpretar toda la noche le regalaron unos zapatos casi descalzos, pero útiles para vender los viejos. También lo creyó hace una semana cuando juntó lo suficiente para mandar a su mamá lejos. Incluso hace minutos, cuando mi patrón, el dueño del pueblo le pidió que cantara para él. 

Al morrito todos lo conocen, vino de madera dura, esa que sólo el fuego es capaz de sofocar, y aunque ahora no queda más que el cedro de su guitarra, ha sabido usarla a su favor. No la trata tan bien como uno quisiera, pero ese vozarrón le ayuda a disimular su rasgueo tardío y desafinado con notas que enchinan la piel, y hace llorar a más de un macho borracho.

Me parece triste verlo aquí, y peor verlo arrodillado a su edad. Es una mierda, no dejo de pensar. Si lo veo, me mira como un cachorro que sueña con echarse a correr, pero la realidad es que al escuchar la puerta, se esconde aterrado tras las seis cuerdas que lo destinaron a su muerte. 

Al pasar de varias botellas la puerta se abre y la sombra que ha hecho del pueblo una tormenta se acerca y se acomoda sobre la mesa de aluminio, a un lado de su .45 preparada para su liberación. Pollito no sabía de muchas cosas. En la escuela duró poco menos que nada y los escasos libros en su casa servían para nivelar el decadente sillón de la sala. Pero lo que sí conocía muy bien era el nombre de esa pistola. Toda su infancia la había escuchado en canciones que oía su padre y que ahora él recitaba por hambre. 

–¿Sabes cuántos pendejos me han dedicado esa canción? ¡Contesta chingao!

–No. 

–Muchísimos. Un chingo pa’ que te quede claro… ¿Y sabes cuántos siguen vivos?

–No. 

–Ni uno. A todos ellos ya se los llevo la flaca, y por lo visto, tú serás el siguiente… Chíngatelo. 

Uno creería: esto es una injusticia para Pollito, la vida no le regaló el tiempo para que su sentido común o su madurez llegaran a advertirle de no tocar esa canción, pero sinceramente, aquí el jodido soy yo. Yo no elegí este trabajo ni este patrón; tampoco el congal ni la hora para venir; yo no elegí esa canción y mucho menos a este jodido cantor; sin embargo, por su culpa, ahora tengo que jalarle el gatillo para que en los segundos que logre seguir respirando, comprenda que la música responde a algo más que una letra o un son. A la memoria de los que nos quedamos sin corazón. 

Si uno tiene una .45 cargada, todo puede ponerse color de hormiga, porque quien tiene las balas tiene la mano ganadora. Así que sin dudar giré hacia Pollito, quité el seguro, apunté con el ojo entrecerrado y disparé una vez contra sus cuerdas. 

Después vacié el cargador.  

–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes.

–Como si…

–Como si chopearas un pan en el chocolate.

–Uf, qué rico. 

–De eso se trata, amigo mío.

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–Sumérgete en lo desconocido. Quítate el hábito y empápate. Crea sabores diferentes. –Como si… –Como si chopearas un pan en el chocolate. –Uf, qué rico. –De eso se trata, amigo mío.

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