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an ancient pyramid in mexico

«Toma ese puñal que traes al cinto y mátame»
—Cuauhtémoc—

La visita a Teotihuacán había sido un desastre. Lo aborrecía. Mucho más en ese momento que lo tenía delante de mí dándome la lata. No sé qué era peor, si el orate del guía o mi falta de carácter. Cómo pude aceptar volver a verlo. Ni bien dijo, parodiándome, ¡dale, che! Tomamos un feca y hablamos del Diego, debería haberlo mandado al carajo.

Aquel mismo día, a primera hora de la mañana, llegué temprano al sitio arqueológico; todavía estaba cerrado. Vaya felicidad. Había leído en muchos foros que evitar la muchedumbre era la premisa. Iba a ser de los primeros, ya podía relamerme por los likes en Instagram y los ascensos, sin esperas, a las pirámides. Le propuse a Arnoldo, así se llamaba el guía, tío de una exnovia mexicana, encontrarnos quince minutos antes de la apertura: tenía la agenda apretada, única forma de cumplir con un itinerario forjado en el intenso planificar de incontables medianoches. Finalmente, a la hora convenida, no había señales del susodicho. A partir de ahí, y conforme pasaron los minutos, vi crecer, amargado, una larga y ruidosa fila de gente con cámaras al cuello, gorros estrafalarios y caras pálidas de protector solar.

Arnoldo apareció con dos horas de retraso, en realidad pronto comprobaría que el retraso le venía de mucho antes. La romería de turistas se perdía más allá de lo visible. Tan irritado estaba, que le rechacé la mano; craso error porque, en un intento de reconciliación totalmente desubicado, me estrechó entre robustos brazos hundiendo su cara en mi pecho. Desde abajo escuchaba las disculpas apagadas a través de los pliegues del suéter. El tipo hedía a pulque. Tragame tierra, pensé.   
                                                        
Mientras avanzábamos en la fila, indiferente a sus interpelaciones, soporté una perorata acerca de un bicho anfibio casi extinto al que, supuestamente, los aztecas le ofrendaban muñecas en una isla o algo así. Un intento obvio de venderme una excursión a un lugar llamado Xochimilco. Tras la sofocante procesión de cientos de metros, al fin pudimos entrar.  

Imposible describir la indignación que experimenté cuando, después de haberle pagado mil quinientos pesos —pidió el dinero por adelantado–, el tipo empezó a soltar una sarta de incoherencias anacrónicas e inverosímiles acerca de las ruinas. Cómo no retorcerme de rencor al recordar la mirada cómplice que intercambiaba con los vendedores, previo ininteligible cuchicheo, cada vez acordado el precio de alguno de los souvenires que compré. De qué serviría contarles todas y cada una de las calamidades que padecí acompañado de este personaje a lo largo de la Calzada de los Muertos. A fin de cuentas, este relato apunta a revelar el desenlace de aquella amansadora y no a detallar los pormenores que la constituyeron.

Jamás creí poder odiar a alguien de tal manera. En especial teniendo en cuenta que recién lo había conocido. Años de juntar guita, de hacer horas extras, de estudiar en pe de efes –no podía gastar en libros-  la colección de Mitos y leyendas de Brito, y echarlo todo a perder por culpa de tamaña bestia. Dejé quemarse en las brasas de mis resentimientos los idilios mexicanos que sazonaron mi vida. Imaginé el barril de la vecindad a tope de agua, y adentro amordazado, un pecoso revolviéndose, su gorra franela de orejeras agitándose, agitándose; Speedy Gonzales alcanzado y masticado por un gato gordo; Castaneda pálido y trémulo de sobredosis peyotera; las murales de Rivera y Siqueiros borrados por los musgos; Friducha truncada sin revancha por la barra de metal en el tranvía; un yanqui arrancándole los bigotitos a Cantinflas; El Zorro traicionado por el mudo; Bierce dándole la espalda a Emiliano; Sabines desahuciado de desamor; Quetzalcóatl gimoteando bajo la bota de Cortés…, el conquistador que acabó con la barbarie de una cultura corrupta y primitiva.

Quizá podría haber considerado regresar, contratar a otro guía; sí, pero no. La ojeriza me paralizó. Padecía la indecible vergüenza de saberme timado.

Antes de continuar el relato de las vicisitudes de nuestro segundo encuentro, escena inaugural de esta catarsis, debo anticipar que la situación tomó un cariz insospechado. A última hora de la tarde, Arnoldo fue a verme. Me hospedaba en un presuntuoso cuatro estrellas ubicado a metros del Zócalo. Desde el vestíbulo, informado de su presencia, subí a la terraza. Lo vi sentado en una mesa con vista a la catedral.  No había pasado por mi habitación, así que cargaba varias bolsas. Gruñí un saludo y pedí café. Mientras él hablaba, vacilaba si levantarme y darle una patada en el paladar o vaciarle la taza en la cara, pero recapacitándolo pensé que, de producirse una riña, el que llevaría las de perder era yo (aún albergaba una tibia esperanza de, al menos, ver a su sobrina). Sin embargo, muy pronto poco fue demasiado, inaguantable. Y en el instante que planeaba dejarlo hablando solo, él, brindándome la más descarada sonrisa de su repertorio, que desnudaba su anteada dentadura de burro, dijo:

¨ ¡Qué sorpresa nos llevamos hoy, ¿no?; había tres pirámides en lugar de una! ¨.

Pronunciadas esas palabras, una furia irreprimible arrebató mis cabales. No tuve tiempo de sopesar nada. Mi mano buscó instintivamente dentro una de las bolsas para emerger pertrechada de un objeto punzante; me incliné sobre él y le enterré un cuchillo de obsidiana en el pecho, burda réplica que horas atrás le había mal comprado a uno de sus secuaces artesanos. Al retirar la hoja negra y brillante del instrumento ceremonial, sentí el latigazo de sangre caliente en la cara. Reconfortado por un inesperado alivio, sonreí.  

Cuando llegó la policía a la escena del crimen, tomaba una ducha en mi cuarto. El cicerone yacía en el piso de la terraza, los ojos desorbitados, en medio de un charco oscuro y viscoso. Sobre la mesa, desplegado, un mapa de Teotihuacán. Y justo en frente a la pirámide del Sol, el pequeño corazón de Arnoldo.

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jose Luis

magnifico relato. refleja de forma inquietante como el misterio y el absurdo de la muerte nos rodea y nos acompaña incluso de manera inesperada en nuestros viajes.

Sobre el autor

Poeta y escritor argentino. Vive en Buenos Aires, donde cursó la carrera de Licenciatura en Turismo y estudios afines a las bellas letras. Desde hace años asiste a los talleres literarios dirigidos por Gabriela Guerra Rey.

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