Como buena criatura de isla, la curiosidad por la tierra firme a veces parece insostenible. Nacer en Cuba te hace heredar un sueño que habita en el inconsciente colectivo: irse del país.
Desde hace 65 años la respuesta del pueblo cubano a un sistema totalitario ha sido el éxodo. Incluso los gobernantes, cuando alguien ha ejercido su derecho a oponerse o criticar al sistema, han optado por expulsar a esa persona del país como solución o castigo.
Nadie nos cuenta las consecuencias de la distancia, ni todo el trámite que implica vivir para siempre como persona migrante. Nos vamos de nuestra casa, la familia se dispersa.
Solo nos queda un lugar común para compartir: la memoria.
La casa vacía es un relato migratorio, así me gusta llamarlo. Es una obra que habla del duelo migratorio, que no solo sufren quienes se van, sino también quienes se quedan, especialmente los menores: los hijos e hijas que quedan al cuidado de las abuelas.
Narra las vivencias de tres mujeres de una misma familia, quienes se comunican desde distintos lugares. Dalia, la madre, está en Cuba al cuidado de su nieta. Mariana, la hija mayor, vive desde hace 20 años en España. Yania, la hija menor, está emprendiendo el camino desde Cuba hacia Estados Unidos. Tres mujeres que se comunican de manera constante ante la imposibilidad de estar juntas. Solo pueden encontrarse en los recuerdos, el único espacio que les queda disponible para compartir como familia.
En los procesos migratorios, las dinámicas familiares permanecen intactas. Sin embargo, el proceso burocrático y de despersonalización que atraviesan las personas migrantes sigue siendo el mismo. Para Mariana, con más de 20 años de experiencia migratoria, el viaje de su hermana le hace revivir su propia experiencia y agudiza todo aquello que sigue padeciendo hoy en día como migrante, aunque en algunos momentos lo haya normalizado. Como actriz, cuando acepta los personajes que le ofrecen, se enfrenta al dilema de sentir que contribuye a perpetuar el estereotipo que tiene la sociedad sobre las mujeres latinas.
La casa vacía es un homenaje a mi madre, y a todas las madres cubanas separadas de sus hijos e hijas. También a mi sobrina, y a todos los niños y niñas cubanos separados de sus padres. Yo fui una niña de familia migrante; toda la familia de mi madre vivía en Miami. De mis abuelos y tíos maternos solo conocía sus voces a través del teléfono. Vivo en España desde hace 22 años. He visto crecer a mis sobrinos por videollamada. A día de hoy, tengo también más familia paterna en Miami que en Cuba.
La migración y el relato migratorio son para mí como una marca de nacimiento, o más bien de crianza, es un tema que me ha elegido a mí.
Conocí el síndrome de Ulises o síndrome del emigrante a los pocos años de vivir fuera de mi país gracias a un estudio del psiquiatra Joseba Achotegui. Me ayudó muchísimo en la comprensión de las cosas que nos suceden a las personas migrantes, por ejemplo, esta capacidad que desarrollamos de tener el corazón y la cabeza en un lugar y el cuerpo en otro, la mirada periférica, que se enfrenta a la mirada central y más enfocada que necesitamos en el momento de llegar y entender cómo funciona el país de acogida y qué necesidades tenemos. Las habituales migrañas, el insomnio… Entender cada fase del duelo migratorio es entender el proceso migratorio propio. Migrar no me hace más vulnerable; la vulnerabilidad, según Achotegui, está en el conjunto de limitaciones que posee un sujeto y las barreras que encuentra en el país de acogida. Ambos dificultan el éxito del proceso migratorio de seres que hemos emigrado con éxito a lo largo del proceso evolutivo y poseemos grandes capacidades de adaptación.
Es fundamental que nuestras voces migrantes sean las que cuenten nuestras historias y vivencias, para dejar de ser el relato de otros, para que nadie vuelva a convertirme en un estereotipo. Creo que, cuanto más se acerque el lector y el público en general a estas realidades contadas en primera persona, más motivos encontrarán para empatizar y menos para vernos como una preocupación.
La casa vacía / Teatro / 80 págs

