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foto en blanco y negro de un pueblo

Conversaciones íntimas con mi abuelo

La Riada de la Mercè (1962)

En una conocida calle del “Eixample” de Barcelona, cercana al “Mercat de Sant Antoni”, vivía mi abuelo en un edificio de estilo modernista. Su casa fue el hogar de mi primera infancia y la visitaba con frecuencia. Recorría el barrio en su compañía, él con su traje de verano de algodón milrayas, tocado con sombrero y su bastón de caña de bambú con empuñadura redonda de madera, una elegancia pasada de moda. Llenábamos la cesta de la compra en las tiendas conocidas de toda la vida y siempre nos recibían como a unos amigos.

Una noche de septiembre estábamos a punto de cenar. Las puertas del balcón estaban abiertas, anhelando que la brisa nocturna refrescara el interior de la casa, pero a pesar de que había estado lloviendo casi todo el día, el aire que procedía de la calle tenía una tibieza tropical y una humedad tan elevadas que impregnaba hasta el mantel de tela que cubría la gran mesa del comedor. Mi abuelo con un trapo sobre el hombro, como era su costumbre cuando se ponía a guisar en la cocina, me sirvió en un plato hondo una espléndida sopa de “farigola”. En el centro del recipiente de loza blanca, dos yemas de huevo flotaban sobre unas rebanadas de pan campesino. Mientras esperaba que él llegara a la mesa con su plato, haciendo equilibrios para que no se derramara el preciado líquido, miraba hacia la calle oyendo el viento, el choque de objetos y oliendo la llegada de la tormenta. Se sentó frente a mí. Estábamos en silencio.

 De repente empezó aquel diluvio de finales de verano. Un torrente de agua, una cortina líquida que se desplomaba desde el cielo sobre la ciudad. No se veía más allá de los hierros del balcón del edificio. Mi abuelo cogió su cuchara y se encogió de hombros, aceptando la fatalidad que imponía el clima, esa especie de monzón característico del otoño mediterráneo que conocía desde su niñez. Él había nacido en un pueblo del Priorato, a las faldas de la sierra del Montsant de Tarragona. Entre cucharadas y sorbiendo la sopa, me contó ese desgraciado día que cambió el destino de su familia, aún recordaba los truenos atronadores que retumbaban por todo el valle, las gruesas piedras de hielo que se desplomaban sobre las vides cultivadas por varias generaciones hasta convertirlas en un montón de hojarasca. Las nubes se rasgaron entre las rocas de las cumbres y después se desvanecieron, dejando los campos cubiertos por una sábana blanca de granizo que sepultaba el futuro de la gente campesina, condenadas a emigrar.

El agua de la lluvia ya desbordaba el suelo del balcón. Mi abuelo dijo: “Aixó farà mal”.

“Abuelo Paco, el piso de mamá no se inundará ¿verdad?”, dije con preocupación dejando la cuchara encima de la mesa. Él río la ocurrencia.

“Si el agua llega hasta un cuarto piso de vuestro edificio en Sarria, nosotros pronto estaremos bajo el mar como esos peces del puerto. Son feos y huelen a petróleo, pero siempre les tiras migas de pan desde la cubierta de Las Golondrinas”.

“A mí me gustan más los cangrejos que compras para mí en el Rompeolas del Puerto”.

“¡Pobres cangrejos! siempre los pones en la bañera con agua y al cabo de unas horas ya están muertos. Ya te he explicado que no puedes meterlos en agua del grifo porque son de agua salada”.

“Claro, y por eso siempre hecho varios puñados de sal después de dejarlos en la bañera, pero nunca me duran mucho, no quiero que se mueran”.

“Anda, come, que ya te enseñarán esos profesores que vas a tener en el Colegio de los Salesianos qué es el agua del mar”.

La lluvia, lejos de aminorar y dar respiro, redobló su intensidad, generando un ruido de fondo metálico y amenazador.  También oíamos el impacto violento en las fachadas de los edificios. Poco después, se apagaron las farolas de la calle, la obscuridad del exterior nos rodeó completamente. Teníamos la extraña sensación de estar aislados del mundo, encerrados en nuestro comedor que se había convertido en una mágica burbuja iluminada.

Entonces mi abuelo trajo un cubo y unas bayetas. Entre los dos recogimos el agua que ya avanzaba desde el balcón hacia el interior del comedor. Se acercaba peligrosamente a las patas de los muebles. A continuación, dispuso sobre el enlosado del piso hojas de diarios viejos.  Los colocó en varias capas tratando de proteger su arcón favorito. Era un viejo mueble de nogal teñido de color negro que quería asemejarse a los de caoba, lucía un alto relieve representando a guerreros con su escudo y una espada corta, claramente inspirados en los grabados de la antigua Grecia.

Una hora más tarde intentamos llamar por teléfono a mis padres, pero tampoco había comunicación, un pitido continuo era el único sonido que salía del aparato. Después probó con la radio, un objeto sagrado para mi abuelo, donde los fines de semana oía con puntualidad la retrasmisión de las óperas desde el Liceo de Barcelona. Comprendí años después que esas audiciones nocturnas con el pijama y la bata puesta, sentado en su viejo butacón rojo, eran la única comunicación que le quedaba con una vida lejana, un pasado de éxito y de significación social del que ahora estaba expulsado. La radio, según comprobó con disgusto, también había naufragado con el temporal, solo emitía ruidos raros como cuando mi madre hacia gárgaras. Estaba claro que sus circuitos y bujías estaban sumidos en una pelea electrónica.

Resignado, mi abuelo desenchufó aquel inútil captador de sonidos siderales. Entonces la luz de la lámpara del comedor parpadeó de forma amenazadora, la posibilidad de quedarnos a obscuras era evidente.

“Hay que prepararse”, dijo secamente, conteniendo su irritación, tomando conciencia de que, ante una situación excepcional, el mejor remedio es tener la capacidad de adaptación.

Aunque la reacción improvisada de mi abuelo no solo fue práctica, sino que aumentó la sensación de cercanía, como cuando me leía sus poemas para celebrar mi cumpleaños, al poco tiempo trajo un bonito candelabro de cobre dorado y varios portavelas de cerámica procedentes de la casa del pueblo.

“Anda, José Luis, vete a buscar tu colección de tebeos y tus cuentos, aún hay un montón en el cuarto que no te has llevado a la nueva casa de Sarria”.

Era un maravilloso botín acumulado en un rincón del piso, comprado en los tenderetes de los Encantes de San Antonio, un lugar que cada sábado visitábamos durante la mañana antes de la hora de ir a tomar el vermut.

Él también desapareció hacia su habitación, se oyó durante un rato como trajinaba en los armarios. Al cabo de unos minutos estábamos otra vez sentados en la mesa uno frente al otro. Él extendió uno de los viejos ejemplares de la revista Destino.

“Otra vez leyendo esas cosas que escribe ese amigo tuyo. ¿Cómo se llama?”.

“Josep Pla. Aunque no le conozco en persona me gusta releer sus artículos. Cuando seas mayor tú debes hacer lo mismo y entenderás la vida de otra manera”.

Su tono era a la vez melancólico y solemne, queriendo señalarme en esa inesperada situación de intimidad un mensaje o quizás más bien un consejo que se va trasmitiendo de una generación a la otra. Un legado de sabiduría que viaja en el tiempo por vía oral.

Tras quitarle un poco el polvo, acumulé un pequeño montón de tebeos junto a mi costado derecho. Había un poco de todo, pero especialmente de Hazañas Bélicas, Pumby, Capitán Trueno y algún comic de Superman. Todo un repertorio para sumergirse durante horas en la lectura y realizar un viaje a un mundo lleno de imaginación y fantasía. Los sueños que decoran para siempre el recuerdo de nuestra niñez.

La noche avanzaba y la lluvia seguía oscilando en el tono de su terrible sinfonía, pero siempre con el predominio de un ritmo rápido, que principalmente podíamos denominar del tipo “Allegro con Fouco”, aunque con ciertas pausas moderadas, como si interpretara un “Scherzo” una orquesta de violines desafinados. La luz se fue y los sonidos que surgían de la obscuridad más absoluta de la calle presagiaba un final trágico. Todos los instrumentos que tocaban en esa banda de música infernal luchan entre sí por dar el tono más alto y definitivo, un esfuerzo final para después dejar la sala del auditorio sumida en la perplejidad y un silencio de admiración. Pero en este caso la conclusión de aquella terrible música desafinada iba a ser algo muy diferente, el preludio de pérdidas humanas y una insoportable pobreza de la gente humilde.

Me desperté a la mañana siguiente en el sofá cama de mi habitación, supongo que era donde me habría traído mi abuelo a altas horas de la madrugada. Era temprano, las puertas de comedor estaban cerradas. A través de las ventanas que daban a la calle pude observar el caos que imperaba en esa zona de la ciudad, contemplé mientras me restregaba los ojos aún con somnolencia los restos de múltiples objetos esparcidos por todas partes y unos amplios charcos de agua sucia. Hasta la tarde no pudimos hablar con mis padres, acordaron que dada la situación me quedara un par de días más con mi abuelo, algo que me pareció el mejor regalo de cumpleaños que podía tener, pues ya faltaban apenas dos semanas para que cumpliera mis ocho años.

Eran la seis de la tarde de ese mismo día cuando finalmente mi abuelo pudo encender su gran aparato de radio. La música de presentación era inconfundible, y la voz de Alberto Oliveras, el presentador estrella del programa “Ustedes son formidables”, de la cadena SER.

Relataba con tono triste la tragedia que se había cebado en las barriadas más humildes de “Rubí y Terrassa”. La furia del agua salida del cauce había arrastrado muchas casas, aunque la mayoría deberían considerarse más bien unas pobres chabolas, viviendas miserables que se habían ido construyendo con premura en las cercanías de las rieras. El locutor ni siquiera se atrevían a dar cifras de muertos o desaparecidos. Se me pusieron los ojos húmedos. Si mi barrio estaba de esta forma, tan sucio y caótico, qué aspecto tendría ese sitio lejano y desconocido para mí, un niño criado en el centro de la ciudad, incapaz de imaginar otros lugares. Mi abuelo estuvo a punto de cambiar de emisora al ver mi reacción. Durante un buen rato escuché las narraciones de la gente y los locutores de radio, también de algún testigo cercano a la tragedia, y cómo empezaba a llegar las donaciones de todas partes. Sin ser capaz de expresarlo, todo aquello me superaba y muchas cosas no las entendía, pregunté a mi abuelo, hasta que el cansancio emocional y físico pudo con los dos.

Mi madre llamó por teléfono al día siguiente y habló conmigo, se le notaba en el tono de la voz que estaba preocupada. Conté con detalle cómo disfruté con la sopa de “farigola”. ¡Estaba tan feliz con el abuelo! No se lo dije para no encender sus celos, pero hubiera querido quedarme allí para siempre. La conversación iba por buen camino, hasta que expliqué que habíamos estado oyendo el programa de la radio sobre la riada del Valles. Entonces mi madre se enfadó mucho y regañó a mi pobre abuelo. “No son cosas para niños”.

Mi abuelo me dijo tras colgar el teléfono: “Sabes, no te preocupes, nos ha reñido porque no quiere que sufras por nada de lo que pasa en este mundo, aunque eso es un esfuerzo imposible.  Recuerdas ese amigo que leo de vez en cuando, el Sr. Josep Pla, él escribió: Hay un solo niño bello en el mundo y cada madre lo tiene. Así que tú eres ese niño para tu madre. ¿Lo comprendes?”, acaricio mi flequillo y me guiñó un ojo con picardía.

“Sí, abuelo, ya lo sé, pero a veces se pone tan pesada”, alcé los brazos, moví la cabeza de un lado a otro. Una protesta inútil, un impulso de rebeldía ante esa percepción de perpetuo control de mi madre que no desaparecería hasta la edad adulta. Mientras tanto, gozaba de unos días de libertad con el abuelo Paco.

Salimos a comprar pan y nos encontramos con una vecina que aborrecía; era muy gorda y siempre iba enjoyada como un árbol de navidad. Tenía la manía de pellizcarme los carrillos. ¡Qué confianzas son esas! Callaba, pero estaba muy enfadado. Pensaba qué pasaría si yo le pellizcara ese enorme trasero.

 “Sí. Diuem que han muerto mucha gente”, comentó con un fuerte acento, mezclando torpemente los idiomas. “Ja se sap, aquest castellans (refiriéndose a los emigrantes, la mayoría andaluces) viuen a la vora del riu com las ratas. No es pas estrany que se los lleve la riada”, acompañó sus necias palabras con un gesto de menosprecio y altivez. Entonces se acercó a mí con la desagradable intención de volverme a pellizcar las mejillas. Me aparté a tiempo.

Semanas después aún la gente estaba impactada por la tragedia. Recuerdo que fuimos con mi madre a llevar ropa y otras cosas a la parroquia del barrio. Una campaña para los “Damnificados de la riada del Vallés”, como se refería la prensa por esos días, y que se prolongó hasta navidad. Entonces pocas fotos se vieron de la catástrofe y menos de las víctimas. En los diarios y en la radio solo se hacían reportajes sensacionalistas llenos de moralina y elogios a la acción caritativa de la iglesia y el régimen. Ahora que puedo ver esas antiguas fotos, recuperadas en los archivos en internet, aún me sobrecoge el recuerdo de aquella noche. Aunque, por otra parte, también vive en mi memoria el tiempo que estuvimos aislados del mundo por la lluvia y que compartí con mi abuelo, para mí de una especial intimidad.


Posdata:

Ahora hay una cruz conmemorativa junto al puente que cruza la riera de Rubí, habla de más de seiscientos muertos, pero nadie sabe la cifra exacta, porque muchas de aquellas personas desaparecidas no estaban empadronadas.

Cuando empecé a escribir este relato el 24 de septiembre de 2024, para nada podía imaginar que semanas más tarde sucedería la tragedia de la “Dana de Valencia”. Me quedé unos días perplejo por tan cruel casualidad, después les envié una primera versión de este texto a mis amigos más cercanos y especialmente a una profesora de Valencia que me agradeció el gesto, como una manera de manifestar mi solidaridad con las victimas y los afectados.

Entonces pensé en los desaparecidos, los que nunca podrán ser enterrados dignamente. Hablando con mi mujer sobre los mitos y las tragedias de la Grecia antigua, me surgió el mito de Antígona, la mujer que enterró a su hermano desobedeciendo una ley injusta impuesta por un tirano, reivindicando un mandato sagrado de los dioses de dar sepultura a los muertos. Parece que estamos condenados a olvidar, pero no debemos, ese es el mensaje moral de la heroína: nadie debe quedar en el olvido, menos aún, las víctimas.

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Sobre el autor

Nacido en Barcelona a mediados del siglo pasado. Un mestizo cultural ibérico. Mezcla de antepasados maragatos de León-Galicia y de catalanes. Doctor en Ciencias Geológicas, especializado en conservación de patrimonio arqueológico y bienes culturales. Un niño grande que ama la literatura.

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