Fragmento gratis del libro Adios muchachos, de Daniel Chavarría
Cuando Alicia decidió prostituirse en bicicleta, su madre consintió en vender un
anillito que llevaba cinco generaciones en la familia. Le dieron 350 dólares. Y por
280 compraron una bicicleta inglesa, montañera, de gomas gruesas, con muchos
cambios de velocidad, sobre la que Alicia inauguró su cacería de extranjeros
adinerados.
Sin embargo, dos meses después, Alicia perfeccionó su técnica de seducción
callejera y se deshizo de la bicicleta inglesa. Le dieron a cambio 120 dólares y un
pesadísimo armatoste chino, con el que elaboró el truco de su caída en plena calle.
Y ahí fue cuando comenzó su verdadero éxito.
El fraude fue concebido y ejecutado en un patio de la calle Amargura. El
encargado fue Pepón, bicicletero experto en CICLOMECÁNICA
SUSTITUTIVA, según rezaba en la chapa de aluminio garabateada con letras de
óxido rojo, que publicitaba sus servicios a la entrada del solar. Por dos botellas de
aguardiente, Pepón sustituyó la tuerca del eje por un pasador que Alicia podía
fácilmente zafar. Le bastaba con agacharse ligeramente, sin dejar de pedalear, y
con un leve tirón, podía provocar a su antojo, en cualquier momento, el aparatoso
desprendimiento del pedal. La escena seguía con un frenazo debidamente
ensayado, que proyectaba a Alicia boca abajo (y culo arriba) sobre la calzada. Con
uso de guantes y práctica, Alicia logró dominar la simulación convincente de
aquella caída. Y sin tener que lamentar siquiera un raspón. El accidente ocurría
siempre veinte metros delante del carro de algún extranjero, previamente
encandilado por el meneo de aquellos glúteos de campeonato, en esforzado vaivén
fricativo sobre el sillín muy alto. Cuando un carro que debía pasarla, reducía su
marcha, la dejaba adelantar y luego se le colocaba detrás, ya ella sabía,
inequívocamente, que un pez había caído en sus redes.


