«Las PALABRAS, significamos, expresamos el pensamiento, contenemos imágenes, indicamos lo que se hace o dice. Pero los signos de puntuación, ¿qué son, sino unos parásitos que viven a expensas nuestras? Cada vez más, usurpan nuestros espacios y restringen nuestra libertad». Estas eran las quejas que comenzaron a oírse, en lo que hasta ahora había sido la República de las Palabras, desaparecida en beneficio de la República de los Signos de Puntuación. ¿Cómo se llegó a tal estado? Esta es la crónica de lo que aconteció.
Recién constituida la República de las Palabras, pronto se hizo evidente que la riqueza, variedad, colorido y profundidad de sus significados resultaban completamente inútiles para la organización de su vida. El sentido adquirido por la agrupación de un número de palabras dejaba de tenerlo cuando se les juntaban otras que, a su vez, venían asociadas con uno o más conjuntos de diverso significado. La consecuencia era un galimatías, pues lo que se quiso decir con las primeras frases, perdía comprensibilidad, al mezclarse con el sentido añadido de nuevos grupos de frases. El fenómeno, irremediable en toda la República, derivó en una caótica amalgama de palabras y frustró la aspiración inicial de replicar la naturaleza y los hechos humanos, y crear mundos imaginados.
Ante semejante desbarajuste, se tomaron medidas. Entre una palabra y la siguiente debería crearse un espacio; luego, cada vez que un grupo de palabras cerrara un sentido, el grupo siguiente debería iniciarse con una palabra con la primera letra en mayúscula, para delimitar ambos. Si las agrupaciones de palabras adquirían grandes dimensiones, se crearían espacios entre ellos de amplitud variable en función de la proximidad o no de los sentidos de cada uno. El seguimiento de tales regulaciones no era tarea fácil, por lo que decayó su cumplimiento, a pesar de las estrictas medidas punitivas, incluida la expulsión de la República, en los reincidentes. El caos que se pretendía resolver fue inevitable.
Un día, cuando las palabras exhaustas por la ingente tarea descansaban, unas extravagantes siluetas, casi fantasmagóricas por las sombras del atardecer, entraron sigilosamente en la República de las Palabras. A la mañana siguiente, al despertar, las Palabras quedaron estupefactas ante el espectáculo que contemplaron. Nunca habían visto nada semejante. Estas criaturas debían provenir de lejanísimas latitudes aún no exploradas por ellas. No sintieron temor alguno, pues era incuestionable que se trataba de seres inferiores, a quienes superaban en tamaño, número y fuerza.
Eran pequeños y escuálidos, y en algunos casos con formas disarmónicas. Qué diríamos de uno de ellos, que parecía estar escarbando en el suelo mientras llevaba por sombrero una especie de diminuta mancha negra suspendida en el aire. En efecto, su silueta era así: ¿; otro, que parecía ser su pareja, mostraba una configuración similar, aunque en la posición inversa, mostrando una joroba con una prolongación vertical que acaba en otra diminuta mancha negra, así: ? Los otros seres eran asimismo escuálidos y dismórficos, como iremos descubriendo. Así que, mirándolos con desprecio, no exento de recelo, las palabras se acercaron a ellos para indagar sus intenciones.
Iniciaron conversaciones con su líder que, ¿¡quién lo diría!?, resultó ser la diminuta manchita negra, ahora aislada, al que no se sabe por qué razón las palabras dieron por nombre Punto. Astutamente, los extraños garabatos vencieron los recelos de las Palabras, al explicarles fehacientemente que intercalados entre ellas pondrían fin al caos en el que se encontraban. Así que los Signos de Puntuación, como las Palabras decidieron denominarlos, atendiendo a su líder, fueron aceptados a convivir con ellas al servicio de la República de las Palabras. Cada signo recibió un nombre de acuerdo con las funciones específicas asignadas, que realizarían situándose estratégicamente entre las palabras.
Así, además del ya mencionado Punto [.], a quien por su naturaleza de líder se le ofrecieron múltiples funciones, crearon otros nombres: Coma [,] cuya presencia indicaría una pausa del sentido de una frase para no solaparlo con las siguientes; Punto-y-coma [;], cuando era necesaria una pausa mayor. Puntos-suspensivos […], si el sentido quedaba abierto o inacabado; Comillas [“], para resaltar el sentido de una frase; Paréntesis [()] Corchetes [[] y Guion, para aislar un sentido en medio de otro general. Punto-y-aparte [.], indicando el final de todo un párrafo; Interrogación [¿?], cuando en la frase se incluían dudas o se esperaba una respuesta; Exclamación [¡!], para subrayar el sentido especial de una palabra o frase. Sin olvidar otros signos auxiliares, que no reproducimos en solitario porque su existencia está ligada a la letra que acompañan: Apóstrofo, Asterisco, Barra, Diéresis, Tilde.
Tras el acuerdo, las Palabras y los Signos alcanzaron una convivencia de mutuo beneficio. Las Palabras, acostumbradas a la amalgama, o a las secuencias lineales y monótonas, con la ayuda de los Signos descubrieron otro mundo. La suspensión del curso de las palabras mediante las pausas obligadas por los signos, conferían al relato intensidades distintas: la cadencia entre las agrupaciones variaba, según la frecuencia de las comas. Más aún si se intercalaba un punto-y-coma. Y mayor si se trataba de un punto, o un punto-y-aparte. A veces, las palabras quedaban estupefactas o sorprendidas con los signos ¡! O expresaban dudas con la peculiar pareja descrita como ¿? O quedaban sitiadas temporalmente, entre los signos ( ) a fin de disminuir su intensidad, para luego salir del encierro y recuperar la fuerza de su voz. En suma, además del orden, la República de las Palabras alcanzó un vigor, profundidad y musicalidad que les permitía decir más de lo que ellas mismas significaban.
Para los signos de puntuación, los beneficios no fueron menores. Acostumbrados a una vida furtiva y errante, pues su enclenque fisonomía no les permitía afrontar grandes aventuras, el cobijo entre las palabras les proporcionó seguridad. Y su existencia, hasta ahora anodina y sin sentido, adquirió una importancia trascendental, por la ayuda prestada a las palabras. Transcurrieron años en este apacible y fructífero modo de vida.
Pero llegó un momento en el que, hartos de una vida sometida al dictado de las Palabras, los Signos de Puntuación acordaron desobedecer sus directrices. En poco tiempo, se multiplicaron y pasaron a la acción: comenzaron a infiltrarse en cualquier rincón, incluso en aquellos cuya presencia les estaba prohibida. No, respetaron ninguna-regla,,, se las [;.-} saltaron (de[; tal (manera) que cuando … Las Palabras no se apercibieron de la insidiosa y [callada] labor de conquista que; los Signos de Puntuación —todos [ellos] sin exclusión— estaban. Realizando. Estratégicamente (colocados),: se habían [ido]… excediendo en sus funciones iniciales; multiplicando /a diestro /y [siniestro] su presencia. [Acotaron los párrafos y [oraciones yuxtapuestas], primero. Pusieron —freno— a las frases cortas, después, [y. Finalmente, apenas podían reunirse dos; palabras: sin la intermediación… de algún *Signo*]. Así que, cuando las palabras se dieron cuenta¡ ya era tarde: [estaban aprisionadas] entre los Signos de Puntuación. Es más. En algunos ca.sos los Signos se habían introducido en el seno mismo de las pa;labr-as, desmembrándolas, y deshaciendo todo sentido, para luego reunirlas de forma ca-pro-chisa y arbi-tri-ria, desbaratando comprensión alguna. Con [las palabras prisioneras], o deshechas y sin sentido, todo el país quedó sumido en el silencio……… y, en un nuevo caos. La legendaria [República de las Palabras] mudó de nombre para convertirse en la ¡¡¡¡República de los Signos de Puntuación!!!!
La descripción que sigue es la traducción realizada por los especialistas que encontraron el manuscrito original que cuenta la historia. De otra manera, sería de imposible lectura, dada la total invasión de los signos de puntuación entre las palabras.
Ante semejante situación, las palabras solo tenían dos alternativas: el sometimiento a los Signos, lo que les privaba de vida; o rebelarse, aunque tuvieran que volver al caos anterior. Al quedar inmovilizadas, y dejar de usarse, las Palabras perdieron vitalidad y apenas se reconocían entre ellas. Los signos de puntuación, víctimas de su propia estrategia, veían cómo ellos mismos se debilitaban. Pero ya no sabían hacer otra cosa que sujetar a las Palabras. Con lo cual, muy pronto todo el país quedó paralizado.
Entre las Palabras, en cambio, fertilizó la indignación. Algunas voces aisladas comenzaron a oírse. Los descontentos, —susurros al principio— se sumaron para convertirse en VOZ, aunque tímida, todavía. De una a otra Palabra, y de ésta a la siguiente, las VOCES se multiplicaron y juntaron; ampliaron y ensancharon el volumen de sus quejas, GRITARON hasta llegar al CLAMOR GENERALIZADO, que mencionamos al comienzo de esta crónica. Convocaron a las MAYÜSCULAS, no solo para iniciar un párrafo, o resaltar un hecho insólito, sino para AFIRMAR con fuerza la presencia de las PALABRAS. Y ASI FUE COMO ESE CLAMOR, YA IMPARABLE, PUDO ESCUCHARSE EN TODOS LOS RINCONES DE LA REPÚBLICA, PARA DESEMBOCAR EN UNA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN QUE REINVINDICABA LA DIGNIDAD Y LA LIBERTAD DE LAS PALABRAS.
SI BIEN LA FUERZA DE LAS MAYÚSCULAS ECLIPSÓ A LOS SIGNOS DE PUNTUACIÓN, AL PRESCINDIR DE ESTOS, NO LOGRABAN EL ORDEN NECESARIO. ENTONCES SURGIERON LAS PALABRAS IDEA, LUZ Y BRILLANTE QUE PROPUSIERON UNA ESTRATEGIA: DESPOJAR A LOS SIGNOS DE PUNTUACIÓN DE LOS NOMBRES OTORGADOS Y APROPIÁRSELOS. A FIN DE CUENTAS, LOS NOMBRES DADOS a ellos SON PALABRAS.
Así que guion sigue el texto del manuscrito guion dado el estado de adormecimiento en los laurales por la victoria inicial coma más su creciente debilitamiento coma los Signos de Puntuación relajaron la vigilancia de las palabras punto Y al despuntar de un día coma con el canto del primer gallo de la mañana coma tras una noche de intensa actividad coma las Palabras consiguieron apropiarse de todas las funciones de los signos de puntuación; y con ello despojarles de todo sentido en la República. No valieron súplicas ni llantos coma incluidas las del mismísimo líder coma denominado Punto, quien no dudó en arrastrarse por el suelo en demanda de clemencia; aunque en realidad coma, ese era su hábitat natural coma salvo cuando se colocaba arrogante encima de otros signos punto Y así fue cómo La República de las Palabras recobró su libertad, y los Signos de Puntuación desaparecieron de la faz del mundo de las palabras.
Apéndice
Aunque la crónica finaliza en este punto, recientes investigaciones ofrecen otro desenlace que explica el estado de la escritura que conocemos hoy día.
El lector avisado se habrá percatado que en el último párrafo comienzan a aparecer algunos signos de puntuación, y no solo sus nombres. No se trata de un error del transcriptor, sino expresión de la realidad. Es decir, los Signos de Puntuación, aunque expulsados de las ciudades, no desaparecieron; anduvieron ocultos en los bosques y montañas colindantes. Así que no era extraño que, a veces, las palabras encontraran algún Signo de Puntuación, y no perdían oportunidad de ponerlo a su servicio. Aunque ilegal, se fue convirtiendo en una práctica tolerada.
Si bien la estrategia de las Palabras de utilizar los nombres dados a los signos de puntuación en lugar de los propios signos fue su salvación, se convirtió en una tarea ingente en perjuicio de la productividad de las palabras. Además, la ausencia de los signos de puntuación devolvió a las palabras al estado primigenio: monótono, sin ritmo ni música, anodino e insípido. Y las pequeñas escaramuzas de los Signos para infiltrarse entre ellas, no daba para mucho.
Así que el Consejo de la República de las Palabras, urgido en la búsqueda de soluciones, no le quedó más remedio que recurrir de nuevo a los Signos de Puntuación. Sabiendo de su existencia en los márgenes de las ciudades, enviaron mensajeros para negociar su vuelta. El todavía líder, Punto, que dada la evolución de las circunstancias devino más escuálido, apenas visible, acogió con infinita alegría la noticia. Rápidamente, hicieron correr la nueva para que, en el menor tiempo posible, todos los Signos de Puntuación se dirigieran a la República de las Palabras. Los Signos aceptaron las condiciones que las Palabras dictaron: estricto cumplimiento de la función asignada a cada Signo de Puntuación. Ambos, Palabras y Signos, conscientes de la mutua necesidad, iniciaron una pacífica coexistencia. Incluso acordaron un nuevo nombre: La República de las Palabras y de los Signos de Puntuación, que según mostraron los siglos venideros resultó muy fructífera.
Polígrafos, copistas, iluminadores, amanuenses, escritores, literatos, novelistas y poetas visitaron la República, donde permanecieron largas temporadas. De aquellas estancias surgieron infinidad de relatos que poblaron las vidas de los humanos. Fueran reflejo de la realidad o inventadas, las historias describían estas vidas en un afán de búsqueda estética y de conocimiento. Belleza, fealdad, terror, amor, odio, mentira y verdad son algunas de las palabras que, entrelazadas y con la asistencia de los oportunos Signos de Puntuación, emplearon para construir estos mundos nuevos.
Barcelona, 06 de mayo de 2025

