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Fragmento de Los lastres del olvido, de Annia Galano

Fernando derrochó parte de la vida intentando recuperar años cruciales. Los primeros. En los que recibió señales destinadas a franquear el escabroso resto del camino. Los que tatuaron etéreas cicatrices, siluetas emblemáticas, borrosos arquetipos, claros paradigmas. Como si su salvación estuviera allí, en los recuerdos perdidos. La negación, sin embargo, fue la etapa perenne de su duelo.

Recordaba los nueves meses primigenios en evocaciones lúcidas. El refugio calmo, tibio, sin flashazos de neón en las pupilas ni gritos desgarrados de motores ni juicios furibundos ni evidentes anuencias regidas por la lástima. También, las previas visitas al mundo de los vivos. Mujeres que amó y lo amaron de regreso como si la vida toda fuera una sucesión de ataduras sensibleras, perentorias, con falsa impostura sempiterna, plagada de absurdos sacrificios. Y las otras, ajenas al intenso devenir de las pasiones, al fácil decursar de las falacias; defensoras de su humana autonomía, honestas hasta el límite hiriente del orgasmo. Guerras, banderas, himnos, ambiciones; acuerdos políticamente lamentables, mapas de fronteras endebles dibujadas por la historia que escriben, sin piedad, los vencedores.

Insiste, a dos horas de la muerte consensual y programada, en que allí se gestó la clave de sus grosas transgresiones, errores memorables, minúsculas victorias, terrores indómitos. La atracción por las guayabas, el agua de coco, el malva olor de la lavanda, los ojos pardos, la piel morena, los cabellos largos. El rechazo a algebraicas abstracciones, voces agudas, fanatismos ahítos de verdades absolutas, pláticas insulsas, al denso aspecto de la sangre y la inopia brutal de los domingos que succionan, ávidos, la vitalidad de los poemas. Dieciséis lustros de malgastados testimonios sin rascar siquiera la delgada piel de los olvidos, manchada de verdades contrapuestas, lo acechan desde la luz incandescente; el bip bip que los signos vitales materializan en la curva gris de la pantalla; la ausencia de aromas naturales; el premonitorio silencio de guitarras.

El aire holgazanea en el tubo corrugado. Lo imagina repleto de flemas blancas, marcha cerrada de soldados dispuestos a cobrarle el dulce amargor del chocolate, crujientes chicharrones, el nostálgico aroma del tabaco; a derrotar acordes, salobres lengüetazos de agua mansa, sonrojados horizontes, malogradas despedidas; a clausurar libros no leídos, conciertos incipientes, destinos que alguna vez estuvieron al alcance de nimias decisiones; a borrar el tacto de auténticas caricias, besos mañaneros, sueños pendientes; a imponer un olvido de longitud indefinida.

Año 5 (2009)

Mamá Elena lo lleva de la mano. Devoran cuadras como si avanzaran con la urgencia de un nuevo nacimiento. Ella le cuenta su primer día. Nervios, expectativas, ilusiones. La meta asoma entre dos flamboyanes encendidos. Edificio chato, despintado, guiño de ventanas, puerta sonrisa, alfombra de ladrillos.

Agazapada en labios infantiles, la pregunta.

—¿Y eso? ¿Cómo te lo hiciste?

Fernando olvida textura de crayolas, el pausado trinar de la maestra, las anécdotas contadas por su madre. El universo se reduce al pequeño bulto que marca su antebrazo. Abre la boca; busca, afanoso, la respuesta. No quiere inaugurar la posible amistad con el acre sabor de las mentiras.

Los hombros se disculpan, avergonzados de ignorar el origen de sus propias cicatrices.

MAMÁ ELENA: (¿…?). Tenías casi dos años y estabas en el patio. Detrás de la gallina colorada y sus pollitos. Siempre te han gustado los animales. Bueno, todos menos las arañas. Los viste picoteando la tierra y viniste a pedirme algo de comer. ¿Tienes hambre tan temprano? No, mamá, los titis. Te di un puñado de arroz y corriste. A esa edad ya corrías como conejo y hablabas como loro. Bueno, el caso es que te acercaste demasiado y la colorada aventó un picotazo de los buenos. (¿…?). Pues porque las mamás siempre defendemos a los hijos, a veces con razón, otras sin ella. (¿…?). No lo sé, mijo, yo tampoco recuerdo mucho de cuando era chica.

GEMELOS: (¿…?). Fue papá, papá sin nombre. Te lo había dicho. Estate quieto. Deja de joder a la gallina. Pero tú de necio. No, Lucho, no fue así. Claro que sí. Claro que no. Déjame terminar, después cuentas tú. Fer, la verdad es que espiábamos desde la terraza. Los dos sabíamos que la colorada era enojona y sacada se volvía una fiera. Yo quería prevenirte. Ay, Lucho, nada de eso, morías de la risa. No, Luciana, TÚ morías de la risa. YO estaba preocupado, Fer era muy chiquito. Papá gritó. No me hagas repetirlo o te vas a arrepentir. Fuiste a la cocina y yo pensé, ¡qué bueno! Pero regresaste enseguida con un puñado de arroz. Él se levantó. Yo me cubrí la cabeza. Luciana empezó a llorar. No, Lucho, yo nunca lloro. Ajá. Te agarró la mano. La cerraste y decías no, no, no. Fue entonces cuando sacó el punzón de romper el hielo y te lo clavó cerca de la mano llena de arroz. Lucho miente, Lucho miente, Lucho miente. No miento, tú siempre negando las burradas que hacía. A ver, cuenta tu historia. No, ya no quiero. Me voy. Fer, ni preguntes más, tienes suerte de no acordarte.

DOÑA DOLO: (¿…?). Fue el aguijón de Dios. La culpa, de tu madre y mi hijo, que en paz descanse. Tú, y cinco años antes los gemelos, concebidos en pecado. «Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios».[i] Si algo hay que temer en esta vida es la ira de Dios ante la atroz ignominia de nuestras faltas. «Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa está fuera del cuerpo; pero el que fornica, contra su propio cuerpo peca».[ii] A ver si así no olvidas que para fornicar primero hay que casarse. ¡Ah!, y el divorcio es peor que no casarse. Vergüenza de familia. ¡Qué diría Raymundo!

CARUCA: (¿…?). Fui a tu casa y te vi con una manita tapando la venda, lagrimones en los ojos, pucheros como para destrozar los corazones. Tu mamá había preparado limonada, de esas que te encantan, con una cerecita flotando arriba. Y ni la probabas. Pregunté qué había pasado y se hizo un silencio que se podía cortar con un cuchillo. Entregué la valeriana que me había encargado tu abuela; digo, Doña Dolo, y salí como bola por tronera. Así que ni idea de cómo te lo hiciste.

ABU FÉLIX: (¿…?). Yo no estaba cuando pasó. Ella me lo contó. (¿…?). El águila calva. (¿…?). (risa). No, no es calva, solo tiene la cabeza blanca. Me dijo que había notado tu amor por los animales y vino a reclutarte para su lucha contra la extinción. (¿…?). Es algo muy triste. Cuando una especie se extingue, como sucedió en Sudán con su prima, el águila harpía; que no es mala, pero tiene cara de mala; «eso quiere decir ni más ni menos que ya nunca ningún águila harpía podrá ser vista en los bosques».[iii] Bueno, pues ella vino a buscarte. Vio que alimentabas a los hijos de la colorada y fue ahí cuando supo que estaba en lo cierto, que tu alma era noble, limpia y valiente. Así que, para identificarte en el futuro, dejó una marca imborrable y dolorosa como su destino. (¿…?). Ah, pues porque los niños cambian mucho cuando crecen y no quiere confundirte con un cazador furtivo o un tratante de fauna o, simplemente, con un hombre sin corazón. (¿…?). Quiere que la cuides como la colorada cuida a sus polluelos y no dejes que nadie le haga daño. (…). Sí, sé que lo harás.


[i] Hebreos 13:4.

[ii] Corintios 6:18.

[iii] Monte y ciervo herido, Félix Guerra Pulido y Gabriela Guerra Rey.

Los lastres del olvido
En 2087, mientras la naturaleza y la humanidad avanzan hacia un porvenir preapocalíptico, Fernando espera en un hospital la hora exacta de su muerte asistida, consensual y programada. Tiene ochenta y tres años, un cuerpo exhausto y apenas dos horas para recorrer una vida marcada por la desmemoria, la violencia heredada, los amores incompletos y …
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