Fragmento gratis del libro Cuando los perros hablan
La granizada de balas iba y venía como una tormenta de metal. Los nervios se me retorcían en el cuerpo intentando calmar la adrenalina. La intensidad del ataque se acrecentaba aún más. «¡Vamos a morir, vamos a morir!», gritaba una colega en su pequeña trinchera. Desde cada una de nuestras posiciones le hablábamos, intentando calmarla, pero las voces apenas se escuchaban sobre el estruendo de los disparos. Yo apretaba mi cámara contra el pecho como si fuera un escudo, sabiendo que no me protegería de nada. El zumbido de las balas cerca de nuestras cabezas era un silbido constante, metálico e hipnótico. Pensé en mi madre. Pensé en los perros callejeros que me habían protegido cuando era niño. Pensé que tal vez este sería mi último pensamiento. Así estuvimos por espacio de treinta minutos, que parecieron horas, hasta que los zumbidos cesaron.
Silencio. Un silencio más aterrador que el ruido.
Todos, afortunadamente, salimos ilesos. Pero algo en mí había cambiado. No lo supe entonces, pero ese día en El Salvador no fue el día que casi morí. Fue el día que empecé a morir lentamente por dentro. Esa noche, en el hotel, Patrick reveló las fotos. Las transmitió a la agencia. Me dio un trago. Me acosté. Y al día siguiente volví a salir a buscar la guerra. Como si nada hubiera pasado.
Años antes, en el Semefo
Cubrir y olvidar. Sentir y olvidar.
La primera vez que escuché esas palabras fue en una morgue de Ciudad Nezahualcóyotl, cuando tenía catorce años. Un médico forense me invitó a la sala de autopsias porque notó que algo me pasaba. Yo llevaba semanas fotografiando cuerpos inertes para un medio local, y las pesadillas ya no me dejaban dormir. El médico, con una calma que no entendía, estaba desayunando. Me ofreció un pedazo de torta y una taza con atole. Él comía tranquilo rodeado de cadáveres mientras yo apenas podía tragar por el olor.
«Escucha, chavo», me dijo, «tú tienes el mal del muerto. Lo primero que debes entender es que aquí, todos estos», señaló los cuerpos en las losas frías, «solo son materia. Los que están aquí ya no sienten nada, ya se fueron al sitio que les corresponde. No hay razón para tener miedo. Debes aprender a Cubrir y olvidar. Sentir y olvidar”.
Durante treinta años, seguí el consejo al pie de la letra.
Mucho antes, en la miseria
Los perros me enseñaron a sobrevivir antes de que yo aprendiera a leer.
En las colonias perdidas de Nezahualcóyotl, en las tierras donde la miseria no era una metáfora, sino el aire que respirábamos, los perros eran tan pobres como nosotros. Flacos, con las costillas marcadas, sin dueño, sin nombre. Solovinos, les decíamos. Perros que elegían al azar un hogar que los dejara cobijarse del frío.
Yo era como ellos.
Por eso, cuando las noches se volvían tan frías que el cuerpo de un niño no bastaba para calentarse, eran los perros los que se acurrucaban a mi lado. Por eso, aquel día que me encontraba huyendo de una banda de ladrones entre los lodazales, fueron los perros los que se abrieron para dejarme pasar, ladrando para cubrirme, diciendo: «Abran paso al jefe».
Esta es la historia de ese niño que dormía entre perros para no morir de frío y que terminó fotografiando los conflictos sociales de América Latina.
Es la historia de cómo una pequeña cámara, comprada con centavos ahorrados, se convirtió en mi única arma para denunciar lo que nadie quería ver.
Es la historia del terremoto que destruyó parte de la Ciudad de México en 1985, cuando tras ver aquella mano inerte entre los escombros, supe que el México que conocía había desaparecido para siempre.
Es la historia de lo que pasa cuando cubres y olvidas durante treinta años, hasta que un día te das cuenta de que ya no puedes olvidar. De lo que pasa cuando la adrenalina se convierte en una adicción. De lo que pasa cuando las imágenes que capturaste empiezan a perseguirte en los sueños.
Años después: Haití
Años después de mis coberturas en Haití, regresé. No para cubrir otro golpe de Estado, sino algo peor: un terremoto que convirtió a Puerto Príncipe en una fosa común.
Llevaba ya tres semanas en ese infierno. Los diez litros de agua que cansaban mi espalda se habían terminado. Las barras de cereal que llevé se habían agotado. El hedor de los muertos comenzaba a menguar mi salud. Tuve que deambular por las calles oscuras tropezando con la muerte a cada paso.
Era medianoche. Nadie salía. El silencio era sepulcral.
Entonces un ruido llamó mi atención desde lo más profundo de un agujero. Un gemido que erizó mi piel. No podía ser un sobreviviente. Todo rastro de vida se había descartado desde días atrás.
Encendí la poca luz de mi linterna, y vi brillar dos grandes ojos. Volvió a gemir.
Reconocí el lamento…
El costo
He cubierto conflictos, terremotos, huracanes y golpes de Estado durante más de cuatro décadas. He sobrevivido a crudos enfrentamientos bélicos, a la miseria extrema, a la depresión, a mí mismo.
Pero esta no es una historia sobre el éxito de un fotógrafo. Es una historia sobre el costo.
El costo de ser testigo. El costo de mirar lo que nadie quiere ver. El costo de cargar con las imágenes del horror cuando las cámaras se apagan y te quedas solo con tus fantasmas.
Es también la historia de la diferencia entre «Cubrir y Olvidar» y «Cubrir, Sentir y Recordar».
La diferencia entre sobrevivir y vivir en un mundo de desigualdades.
Pasé la vida detrás de una lente. Los últimos años los he dedicado a escribir, a recuperar no solo las imágenes que pude haber guardado en negativos, sino las que guardé en cicatrices, en los sueños, en el alma.
Escribo esta historia porque alguien tiene que decir lo que cuesta ser testigo del horror. Sobre el precio que pagamos los que elegimos mirar cuando todos voltean la cara.
Escribo para rendir un homenaje humilde a todos aquellos colegas que han perdido la vida en su intento por mostrar la verdad.
La escribo porque finalmente entendí lo que mi madre quiso decir sobre cruzar el oscuro río Jordán. No hablaba de la muerte. Hablaba del paso de la oscuridad a la luz. Del niño que fui al hombre que soy. Del fotógrafo que documentó la muerte al escritor que celebra la vida.
La escribo porque ese perro en Haití me enseñó que hay cosas que no se deben olvidar. Que la lealtad importa. Que el amor importa. Que las historias importan.
Esta es mi historia…
La historia de Cuando los perros hablan.

