Me dicen, Natalia, que cuando llegó La Huesuda a darte el beso de las noches eternas, te defendiste como gato entre la leña. Ya sabías que no había otro final, pero este era el quinto y último de tus sietemiles. Y quizás el instinto de supervivencia te haya inducido a querer perpetrar un rato más la sonrisa castañeante que se obstinaba dentro de los labios azules. O tal vez tu hijo se haya colado en el cortometraje de la vida. El que te pasan delante de los ojos cuando estás a punto de morirte. En el celuloide etéreo de los recuerdos también hubo de pasar tu compañero, quien no lejos de donde vas a ser monumento en la montaña dejó el osambre empeñado en mitigar el hambre que no se sacia con alimentos.
Cuántas preguntas me aguijonaron la comodidad mórbida del sofá al leer ayer en el matutino que suspendían las tareas de rescate. Ay, Natalia Nagovitsyna. Te imaginé sola en la saliente de roca, dentro de esa madriguera improvisada que fue la carpa. Te imaginé felina y fetal, acurrucada ya en el sueño de nunca despertar.




Hermoso homenaje a una mujer de nieve.