Fragmento gratis del libro: Ana y la muerte, de Annia Galano
Ana tiene seis meses de embarazo cuando empieza a caminar. No se detendrá hasta recibir la señal indiscutible de haber llegado a su destino. La acompañan sus muertos. Tres de ellos harán todo el viaje. Caridad, la abuela mulata y poderosa. Manuel, su esposo, tosiendo todavía. Esteban, su padre, con el hueco en la frente que deja ver el otro lado del paisaje. Los demás aparecerán cada tanto según ánimos y urgencias. Ikú[1] la observa, atenta a cualquier oportunidad de agregar un movimiento a su favor en la partida que juega con la joven.
La ciudad a sus espaldas no es la suya, nunca lo fue. Allí nació, minutos antes que Alejandro. Horas después, su madre, Ana Rosa, ya no estaba. Le dejó en herencia el nombre y, tal vez, el acoso de la muerte. También la fascinación por las historias. Ciertas o inventadas. Lo dijo muchas veces: La verdad es personal, parcial e intransferible.
Lleva tanta rabia que no pronuncia palabra en diez kilómetros. Caridad, Manuel y Esteban respetan el silencio.
―¿Estás bien? ―dice, mano sobre la panza.
Rafael calla. Es pronto para él. Sigue paralizado por el estruendo del disparo.
―Por supuesto que está bien ―dice Caridad―. Vendrá con buena estrella.
―Y tendrá mis ojos ―dice Manuel, voz mermada por el virus. Quiere tocar el vientre, aún pequeño, pero no hay tacto en la cara oculta de la vida.
Ana mira los ojos del padre de su hijo. Negros, profundos, sonrientes. Besa la mirada labios finos, bigote ralo, barba incipiente, manos hermosas. Las piernas fallan, frágiles como la primera vez que lo vio.
―Tengo hambre.
A su alrededor, maleza y una ceiba. Toca el tronco majestuoso. Quiere convertirse en ese árbol. Inmune a rayos y tristezas, sagrado, imponente. Se sienta entre dos raíces. Confía la espalda a Ukano benkosi.[2]
―Desea ―dice Caridad.
Solo puede pensar en plátanos maduros y agua, mucha agua. Come lento. Disfruta el aire fresco, el verde exuberante, la ausencia de ruidos. Acaricia la fruta lisa, fascinada con cada imperfección, con cada detalle irrepetible de la cáscara. Redescubre el sabor dulce, la consistencia esponjosa, el aroma único. Bebe sin cuidado. El líquido corre por las comisuras del sosiego, baja por el cuello hasta el vestido, llega al pliegue de la panza, la rodea. Abrazo tenue. Rafael se mueve. Ana sonríe. Primera sonrisa en largo tiempo. Luego hace lo que hacía su abuela. Entierra las cáscaras, mija. Regresa todo lo que puedas.
Los ojos se cierran:
Ana está junto a una ceiba diferente. Caridad la lleva de la mano. La niña queda a la altura de las caderas robustas. Sus pies siguen el ritmo de miles de pasos. Tiene calor. Quiere irse a casa. Lluvia metálica, tintineante. Rebotan las monedas. Ranas de cobre en medio del gentío. La marcha decae y se reanima en secuencia regular. Durante la pausa sagrada, la abuela toca con veneración el tronco y murmura palabras que la nieta no comprende.
Ana crece en cada vuelta. Se estira hacia arriba, hacia afuera. Expande pechos, muslos, nalgas. Desborda el zumbido de voces inéditas. Sudor ajeno empapa el pelo crespo, rueda por la espalda, funde piel y tela. Aturdida, sigue la cadencia. Música ancestral. Orishas invocados. Háblale bonito y pide por favor, dice Caridad. Ana aprieta labios, dientes, voluntades. El ruego fluye en su sangre, pugna por salir, se enreda en las vísceras. Ella ahoga el grito. Otra vuelta, otra, otra. Soy más fuerte. No lo es.
―Protege a Rafael, protégelo de todo, incluso de mí.
Despierta de pie. Aferra el árbol que, desde este lado de los sueños, agita ramas solidarias. Nieve de algodones en tierras caribeñas. Cae sobre Ana. Ikú observa. Cuencas vacías. “Esta mujercita no tiene oportunidad de derrotarme”, piensa.
―Nunca me enseñaste a tener fe ―dice Ana. Suelta el tronco. Sacude el blanco de los hombros.
―Hay cosas que no pueden enseñarse. Ni siquiera dijiste por favor ―Caridad menea la cabeza, resignada. Aire frío. Recorre espinas dorsales, aunque hace un calor de mil demonios.
Ana se arrodilla. Llena de algodones los bolsillos del vestido. Sabe que Caridad aprecia la ofrenda. Los usará para hacer la primera almohada de Rafael. “Ojalá le traiga buenos sueños”.
―Ya sabes lo que pienso, pero mal no hace ―dice, encogiéndose de hombros.
Ambas sonríen.
Esteban mantiene distancias y silencios. Evita a Caridad. La mulata heredó la figura de Eiyele. Firme de senos y caderas, olorosa a jazmín y madreselvas. Risa espontánea, labios carnosos, dientes feroces. De Don Esteban, ojos verdes, grandes, almendrados. De su cosecha trae el andar libre, cadencioso; el poder de hacer realidad las ilusiones; la irreverencia para enfrentar el mundo.
A Esteban no le importa que la que sigue considerando suegra haya nacido esclava, mulata o que sea solo siete años mayor que él. Lo que no le perdona es ser la hija bastarda de su padrino Don Esteban. Reconoce irracionalidad en el rechazo, pero no puede evitarlo. Caridad lo ignora. Dejo de soberbia. Rencor alojado entre pecho y omóplatos desde que el yerno comenzó el romance con Adela, al año del deceso de su hija Ana Rosa.
Don Esteban espía la rigidez del aire entre hija y ahijado, que ni la muerte ha podido suavizar. Piensa en dejarse ver, en decir algo que ayude a desterrar rencores. No tiene tiempo. Una mano etérea roza el cuello, detrás de la oreja izquierda, justo donde termina la cicatriz que cubre gran parte de la espalda y baja por el hombro hasta alcanzar el codo. El temblor lo recorre desde el roce hasta el último rincón entumecido, conmueve cada célula, eriza cada vello. Voltea. Labios de Eiyele.
La urgencia llega como lo hizo por más de cincuenta años. La hierba los recibe. El resto del universo desaparece entre briznas contagiadas de impaciencia. Ella lo monta sin pudores. Las manos sobre los hombros impiden que él pueda usar las suyas, cautivo en el placer intenso, casi doloroso. Se estremece el paisaje a ritmo de Olokún[3] embravecido. De pronto se detiene. Ella contrae el centro húmedo, profundo, tibio, con toque arrebatado de tambores. Bocas abiertas. Respiración entrecortada. Las miradas calan lo que no dicen las palabras. Eiyele libera dedos. Comienza el baile. En los labios de Don Esteban, en las encías, en los dientes. Agoniza en la garganta. Baja por el pecho. Se pierde en el abdomen. Resurge donde los cuerpos se funden. Las manos del hombre, ahora libres, hacen fiesta en la piel oscura, reluciente. Noche etérea. Marejada voraz. El rugido espanta a las palomas y sacude ramas de ceiba provocando lluvia de algodones.
―Algún día se van a perdonar ―dice Eiyele.
―Extraño la cerveza ―responde Don Esteban.
Vagan. Dirección contraria a la ceiba estremecida. Besos más tarde, están otra vez sobre la hierba. No saben cuándo volverán a encontrarse.
[1] Ikú es la muerte, la que viene a buscar a aquellos a los que se les ha acabado el tiempo en la Tierra, para que luego Olodumare decida su destino.
[2] Nombre abakúa de la ceiba.
[3] Olokún: deidad de la religión yoruba, orisha del océano.



Me encanta!
Espectacular!
Una de las más grandes novelas que he leído. Nos regala un nuevo mundo con una cosmogonía familiar llena de pasiones y personajes hermosos y consistentes. Una novela que se debe leer y releer.