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Es 2023. Postpandemia y utopías.

Alejandro hace el único viaje de regreso que se permite. Se acerca a la ventana de su cuarto. Repara en las tablillas. Como él, en carne viva. Perdieron definitivamente la capa de pintura cuarteada donde intentaba adivinar el nombre de hoy, cuando todavía era Ana. Al fin, ambos, traducidos por el tiempo en más de dos, porque los géminis se multiplican. Lo habitan jeroglíficos que cuentan la vida vista desde prismas distintos.

Afuera. El sauce llorón ríe como nunca. Alienta verlo desafiando grises.

Gotean recuerdos del alero. Renacen ocujes y flamboyanes. La calle difumina baches que sumerge en agua memoriosa.

Conecté un rolling que me permitió correr de home a primera, a segunda, a tercera y de vuelta a home. Ania daba brincos, Tony estaba eufórico. Elaine, María Rosa y Robertico protestaban, como es habitual cuando un cubano pierde. Ni el azar ni el talento del contrario son reconocidos. Jamás un cubano reconoce que perder forma parte del juego. La culpa es de alguien. Del enemigo. Porque siempre hay un enemigo, solapado o manifiesto. O un bobo para la gloria de un vivo. Discutían entre ellos mientras yo me ufanaba del triunfo.

—¡Ven acá!

En medio de la algarabía, la voz de mi madre, con tinte sonoro de tristeza, preludiaba el colapso de mi efímera alegría como bateador en el entonces muy popular “Tres rollings y un fly”.

Consistía en darle a la pelota con la mano y correr el circuito intentando burlar las defensas del otro equipo. Parecido al béisbol, pero en escala diminuta y sin los implementos del deporte nacional. Presagio, tal vez, de futuros juegos serios y adultos que me retarían a participar con herramientas no convencionales.

Cruzo la calle. Saco pecho. Enseño molleros. Llevo solo shorts y tenis sin medias, ninguna otra preocupación que seguir demostrando valía. Pienso que me llaman a almorzar.

—¡Pero no tengo hambre todavía!

En el portal, amarilla sol, está Olga bajo su pañuelito siempre floreado.

Se inclina para abrazarme. Me da un par de besos. Vuelve a estrechar el espacio en apapache larguísimo.

—No es eso. Es que ya tienes las teticas muy grandes para andar mataperreando así en la calle. Te tienes que poner ajustadores.

Tenía ocho años y era varón. Era varón. Era varón a todas luces y nunca me lo había cuestionado. No me había cuestionado ninguna de las certezas que tiene un niño de ocho años. Yo era varón.

Eran de guinga azul. Bridas de guinga azul.

Nunca más jugué a “Tres rollings y un fly”.

A partir de entonces fui un niño taciturno y contemplativo. Disfrazado no me apetecía estar con los demás. Me sentía ridículo, disminuido, encarcelado dentro de blusitas, sostenes y trenzas que me empezaron a tejer en la cabeza.

Por suerte, mi padrastro me presentó a Julio Verne. Me embarqué en el Nautilus, le di La vuelta al mundo en 80 días, hice un Viaje al centro de la Tierra, descubrí La isla misteriosa. Llegué a la Luna.

No negué la realidad; inventé otra. Nadie puede embozar ni ponerle arreos a la imaginación. Descubrí la posibilidad de recrear mundos alternativos y acomodarme en ellos.

Así comencé a tener aquellos sueños recurrentes.

Camino hacia la casa de Hectico, por la 9na avenida. Veo que sale de la mano de Daysi. Se van a pasear sin mí. Me doy un impulsito, salto y tomo altura, paralelo al suelo, con las manos por delante. Fijo destino, apunto con los dedos. Me deslizo planeando horizontal, hasta llegar a donde están. Descabalgo el aire. Seguimos caminando juntos a no sé dónde.

Todas las noches volaba. Despertaba sin distinguir los sueños de la vigilia. Suponía que era otra rareza a disimular.

Una tarde mi madre fue a la peluquería de la esquina para ganarse unos pesitos en lo que fuera. Me llevó con ella. Quédate aquí. Sofá de vinil azul grisáceo, montón de revistas monótonas. Decidí escapar, sigiloso, del local pequeñito que olía a perfumes empalagosos y amoniaco. Me di el impulsito acostumbrado.

Aterricé. Perdí los dientes frontales y me destrocé la encía. Hubo que reconstruirme la boca.

Aprendí que hay límites entre los mundos alternativos que uno inventa y aquel al que debes regresar porque allí es donde se come, donde está tu mamá y la peluquería y la escuela y los ajustadores.

Cuando no leía, me sumergía entre las hormigas que habitaban los canteros. Nadie las veía. Vivían en huecos diminutos, imperceptibles. A mí me alegraba mirarlas y ayudarlas. Cuando las notaba desesperadas buscando algo que atesorar, robaba puñaditos de azúcar para abastecerlas. Quitaba de la entrada de la cuevita lo que les obstruía el paso. Si una de ellas parecía desfallecer bajo el peso de una hoja, la adelantaba a la boca del hormiguero. Pensaba que, si nadie las socorría, iban a morir. Entonces no sabía lo fuertes que terminan siendo los seres que no tienen auxilio.

Meses después llegó la tan temida “regla”. Tonelada sobre la hormiga que me habitaba. Monolito en la puerta. Mi carga, entre los muslos.

Aplastado por la incongruencia de lo que acontecía fuera y dentro de mí cada veintiocho días. Durante cinco, me negaba a caminar. No daba un paso. Mi abuela me llevaba todo a la cama. En el cuarto me ponía una sillita orinal.

Justificaban mis ausencias a la escuela diciendo que era la garganta. En realidad, se me enfermaba muy a menudo, taponeada con placas purulentas. Me impedían hablar. Tragar. Mi cuerpo ponía barreras entre mi mundo y el otro.

Con el tiempo ha levantado algunas menos rudas, aunque no menos efectivas.

Marimacho. Lo escuchaba musitar por todas partes, con tono descalificante. Lo leía en ese tipo de miradas que pone la gente cuando tropieza con algo imprevisible, incongruente. Entre el estupor y el miedo, apartaban la vista y movían la cabeza en gesto de negación o pena. No me parecía al molde, era una dislocación involuntaria. No lo había elegido. Era.

Sentí, desde muy temprano, que debía compensar ese sin remedio. Bastaría con demostrar que podía ser el mejor en todo lo demás.

Me trepaba a los árboles más altos, jugaba a las bolas y las acumulaba en una bolsita de lona que presumía por su peso. En mis cartas a los Reyes Magos pedía armas, patines, trencitos eléctricos y pizarras magnéticas, pero también otras cosas que algunos niños querían y no podían tener. Las regalaba el día después, cuando ya Gaspar, Melchor y Baltasar estaban lejos.

He pensado que lo hacía para que me quisieran. ¡Imperativa necesidad de sabernos parte del todo y no un todo aparte! Luego he constatado que esa vocación de Robin Hood me acompaña todavía. Incluso ahora, cuando me da lo mismo pito que flauta.

No era el único con bicicleta, pero sí el que la prestaba sin pestañear.

Los otros eran unos hermanos que vivían al doblar de mi casa. Egoístas y pedantes. Y en este país se puede ser de todo menos pesao.

A la madre le decían, en el barrio, Cagaoro. Miraba por encima del hombro. Se daba ínfulas de aristócrata, mal vistas por aquellos días. Corrían los 70. Todos debíamos ser iguales, decirnos compañero o compañera, y ayudar al prójimo.

Entre los preceptos ideológicos de la Revolución y el catolicismo anacrónico inculcado en casa, me ofendía la insolencia de aquellos dos muchachos exhibiendo sus bicis sin tener la más mínima consideración por los demás chiquillos, que los miraban pasar, haciendo cola por la mía.

Merecían ser castigados.

Machaqué hojas de lengua de vaca, tejí sus fibras, las convertí en látigos. Armé mi pandilla. Puse una cuerda atravesada en la calle para que, cuando pasaran jactándose, tuvieran que detenerse.

Y ahí les caímos. Fue mi primer acto de crueldad. Lo disfruté.

Cuando supimos que ya no los dejaban montar en bicicleta me sentí tonto ante esa victoria pírrica. Era el abusador del barrio y los adultos empezaban a verme extraño. Más extraño todavía.

Días más tarde, sentado en el mojón de la esquina, intentaba escarbar la tierra para hacer el chocolongo, hueco donde se cuela la canica en el juego “Quimbe y cuarta”. Lo hacía con un culo de botella, ensimismado, pero escuché el aviso de un vecino.

—¡Cuidado, Ana!

Instintivamente levanté la mano con la que sujetaba el vidrio, y la de Robertico cayó con toda su fuerza. Se cortó piel y tendones.

Me dejó de hablar. Luego supe que se fue del país y sacó al hermano. Su padre, para ganarse los frijoles, no tuvo más remedio que ponerse a botear[1] su adorado Moskovich, tan caro para él como las bicicletas para sus hijos.

Ya adulto, fue a visitarme en cuerda nostálgica durante uno de sus regresos a Cuba.

—Mira la cicatriz de la herida. Nunca más le he levantado la mano a una mujer.

Touché. Me había devuelto el golpe de modo irrebatible. No sabe Robertico qué tendones rompieron aquellas palabras suyas.


[1] Trasladar pasajeros en automóviles de alquiler o particulares, en ruta fija o trayectos diferentes.

Fraude
Fraude, de Ana María Ramos es historia y anatomía de una necesidad humana: la inclusión, condicionada por estereotipos de género que …
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Sobre el autor

Ana María Ramos (La Habana, 1963). Graduado de Licenciatura en Arte y Dirección de medios audiovisuales en el Instituto Superior de Arte de La Habana, Cuba. Director de radio y televisión, editor, diseñador, publicista. Conductor programas de radio, incluyendo el exitoso Casa de Cristal. Ganador de varios premios Caracol de la UNEAC y el premio Imagen de Cristal de la televisión cubana.

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