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Un lugar común / Cadáver exquisito

Se conocieron la noche anterior en una discoteca local. Débora fingió pecar de inocencia adolescente. Escondió sus negras intenciones bajo un vestido rojo entallado. Hombres de todas las edades la cortejaron; ella solo tuvo ojos para Roberto, un tipo corpulento que se esforzaba por agradarla.

Luego de la primera pieza de baile Roberto se sacó el saco. A la tercera, tuvo que aflojar la corbata dejando a la vista su papada grasienta. Presa del oscuro deseo que le provocaba aquel hombre, Débora comenzó a seducirlo. Lamió con inusual fervor las gotas de sudor que le escurrían por la mejilla.

—Eres perfecta  —le susurró Roberto al oído, apretándole las nalgas.

Antes de la media noche ya estaban en un motel a las afueras de la ciudad. Débora no opuso la menor resistencia cuando el gordo la montó a horcajadas. Por primera vez en muchos años sintió que un desbordado cúmulo de alegría le brotaba por los poros.

Por la mañana se vistió alegre. Contempló a Roberto, que roncaba sin pudor con el miembro al aire. La profunda mirada de Débora lo despertó. Se levantó aliviado al ver que la muchacha no había abandonado la habitación. Mientras se bañaba le saltó una duda. Nunca había conseguido tanto sin el menor esfuerzo. “¿Sería una infiltrada del gobierno? ¡Qué va! Esas cosas no pasan en México. No hay que desafiar al destino”.

Roberto la invitó a desayunar. Antes de arrancar el auto, entre besos mustios le juró amor eterno. Dijo sentirse el hombre más afortunado sobre la faz de la Tierra. Luego, tomó el celular para responder mensajes.

—¿A quién le escribes?

Roberto tartamudeó unos segundos, guardó el teléfono entre sus gruesas piernas y puso el Ford Fiesta blanco en marcha.

—A nadie, mi amor. Cosas de trabajo.

Débora parecía recobrar la compostura cuando el celular comenzó a vibrar frenéticamente anunciando la entrada de mensajes.

—¿No vas a contestar?

—Ahora que lleguemos. Estoy manejando.

—Puedo contestar por ti si quieres.

—No es necesario, amor.

Sumida en una repentina tristeza, Débora dejó escapar lágrimas amargas entre suspiros. Bajó el vidrio y se dejó acariciar por la suave brisa otoñal.

—Pensé que eras diferente.

—Pero ¿de qué hablas? Si casi acabamos de conocernos.

Se adentraron en el sinuoso camino arbolado. En un intento por romper el hielo, Roberto prendió el estéreo. La música aligeró la tensa calma que casi podía olerse dentro del auto.

Alargó su mano rechoncha para acariciarle la pierna. La muchacha la tomó entre las suyas, la olfateó cariñosa y la condujo hacia sus senos. Él sonrió aliviado, relajó el cuerpo. Débora se acercó para besarle la mejilla y aprovechando el descuido le robó el celular.

Roberto reaccionó bruscamente; en un intento por recuperar el aparato le golpeó la cara. Abrasada por la ira, Débora jaló el volante. El Ford giró en su propio eje y salió despedido rumbo al  acantilado.

Cuando la chica recobró el sentido, el auto se tambaleaba al borde del abismo. Una minúscula flama se abría paso entre los circuitos eléctricos. Detenido por el cinturón de seguridad, Roberto colgaba inconsciente. Su vida pendía de un hilo. Débora tomó el regordete dedo pulgar inerte y lo presionó en la pantalla para desbloquearla.

Los últimos mensajes provenían de un tal Juan. Por un instante se le iluminó el rostro. Leyó apurada:

¿A qué hora llegas?

¿Traes mi encargo?

Pues ¿qué tanto haces que no llegas?

No me la vayas a traer cansada.

Quería calarla primero, pero ya llegó el cliente

Débora se estremeció, jamás entendería a los humanos. ¿Cómo pudo cautivarla su sonrisa? Aquella apacible mirada la había desarmado por completo la noche anterior.

Salió ágil por la ventana. Con un aullido agudo se convirtió en dragón. Extendió las alas escarlatas. En ese preciso instante, Roberto abrió los ojos extrañado. La hermosa bestia exhaló un fuego fatuo que envolvió entre gritos a su amante.

Antes de dejar caer el Ford Fiesta blanco al precipicio, sacó el cuerpo ahumado que todavía gemía, pegó la nariz en el miembro achicharrado y sonrió.

Tal como lo imaginé, un cadáver exquisito.

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Sobre el autor

Periodista mexicana sonriente, con más pecas que pecados, diletante soñadora de la literatura.

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