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Creo en la revolución. ¿Creo en la revolución?

INCLUSO creo en esta revolución porque la creí antes desde épocas remotas.

Creo en la revolución sin fin, con poesía clandestina y perdurable que no se somete a censor o censura, linotipos o editoriales. Creo, porque ayer la disfrute como aguardiente o helado que chorreó fama, que desbordó sensualidad y solidaridad y creó corajes para no dejarse intimidar por ningún demonio. Fue temporada, existida o ilusionada, en que revolución irradió los aromas insustituibles del arcoíris y la adornaban diversos bizcochos de sabores. Si hubo puede haber, si hubo la debemos reencontrar o reinventar.

Sobre todo creo en la revolución de los minutos transformando los colores del crepúsculo, en la mutación incruenta de la conciencia, en la crueldad debatida y consensuada de las evoluciones. Creo en la revolución del individuo, en las metamorfosis del alma y en la circulación de los riñones, así como en la locomoción venosa y arterial del corazón. Creo en la retención de líquidos que fertiliza las células, en la sangre que marcha a toda prisa a recorrer neuronas y vuelve con las buenas nuevas.

Creo en la reforma agraria al arcaico polvo latifundista y centralizador.

Creo en las leyes revolucionarias que manden los salarios al Museo de la Explotación, instaure la participación en todo acto creador y reparta con justicia las riquezas producidas y reproducidas.

Creo en San Jorge si mata a diario el dragón de los dogmas. En Santa Bárbara y Changó si suministran fuerzas renovadas para a vencer los egoístas monopolios de Poder y Riqueza y al supraEstado narcisista que intenta secuestrar la Historia de Todos.  A la Virgen de la Caridad si da astucia y habilidad colectiva para administrar con éxitos la propiedad social. Al señor sincrético de los indivisos cielos y suelos, si ofrece sabiduría y tenacidad para preservar al único Dueño no expropiable: el Planeta Tierra.

Creo en el ADN precipitándose hacia una conciencia colosal, donde no hay distingo ni prejuicios, donde cada uno radica particularmente diferente sin dejar de ser igual. Creo que el coro es idéntico a sí mismo sin miserias ni estafas. Pero cada individuo resulta reconocible en la multitud: es el insustituible grano de arroz de la persona despertando por su cuenta y riesgo.

Creo que la revolución vive si respira fuera de sus órbitas y sofoca sin violencia y  democráticamente a superindividuos, superegos y superjerarquías. Y evita así desvíos truculentos. La transformación subsiste si da cuerda, ala y música a nuevos dirigentes, servidores del pueblo, y les entrega mandato y una fecha de salida. Hasta que luego, los reemplaza o los sustituye o los reelige.

Creo en la revolución de la inteligencia, la generosidad y la bondad. En la revolución de los iguales. En la revolución del Amor con mayúscula. En las utopías que viven en los  sueños. En la capacidad de resistir, de entusiasmarse en la adversidad, de hablar cuando no hay voz, de escuchar aun si clausuraron orejas y bocinas, de respirar todavía a plenitud cuando la nariz fue taponada y los pulmones sumergidos en el fango.

La revolución es más antigua que el Hombre y la Mujer y una íntima madeja sin conclusión que se desata en el territorio de la expansión cuántica y la interminable hermosura de la conciencia.

La masa a secas es una especie en extinción, que mucho sirvió de pedestal. Creo en una masa o conglomero de individuos  enérgicos, vehementes oradores de barricada. Creo en la persona que hoy arde en su discurso y mañana toca filarmónica a la puerta  de su hogar.

Creo en la revolución en que yo estoy y mi vecina de la acera de enfrente tiene la palabra. Donde están mis discrepantes y los enconados oradores de otras plataformas. Donde los mejores discordantes ocupan ahora la tribuna y hacen uso de su razón, su lógica y su imaginación. Donde perviven los dialoguistas conflictivos con sus propias y valiosas opiniones. Donde está Félix y el antiFélix. Donde estamos mi novia y yo.  Mis padres y yo. Mis hijos y yo. Mis contrarios y yo. Los moradores del edificio contiguo, los del otro solar, los de la próxima Estación. Mis parientes del campo y mis desconocidos de siempre. Tú y nosotros. Donde están los familiares de Afuera y de Adentro. Los  muertos y los que respiran aún, contrariando orientaciones superiores. Donde están amigos y examigos y los más lúcidos y nobles adversarios.

La revolución es tanto la llegada metamorfoseada de la primavera y las mariposas, como la industria creando sillones confortables y preciosos y también autos  seguros y cada vez más al alcance de cualquier bolsillo. Es el tomate barato en la plaza, son las plazas atestadas por himnos que se cumplen y no manipulan las conciencias, por canciones irreverentes y sin tapujos que claman por más himnos y tomates.

La revolución es este instante multiplicado por la libertad. Es esta libertad multiplicada a cada instante.

FELIX GUERRA. CIUDAD DE LA HABANA. DIC. 16 DE 2011.

POEMAS DE LA SANGRE COTIDIANA

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Sobre el autor

Uno de los más importantes poetas cubanos contemporáneos. Autor de obras decisivas en la Historia de la isla −traducidos a numerosos idiomas−: Che Sierra Adentro, El año que estuvimos en ninguna parte, y este que el lector tiene entre sus manos. Fue profesor de la Facultad de Periodismo de La Universidad de La Habana y pionero del periodismo ecológico en Cuba. Tiene alrededor de veinte libros publicados. Murió en 2021 con varios libros de poesía y una novela inéditos. Publicó unos 1500 reportajes, crónicas, crítica literaria, ensayos, entrevistas y artículos en más de un centenar de revistas nacionales e internacionales.

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