Abre su mano
Ella abre su mano y cuelgo
como una gota de lumbre gastada.
Entre la superficie y el sin-lugar
hay un océano donde todo disminuye.
Luego alza sin ofrecer
todas las consonancias posibles,
una ruta en su costado, cuatro nueces.
Siento llegar la brisa sin palabras,
la brisa sin contornos, sin dolor.
No consigo el gesto que será eterno.
Y junto a nosotros
la ceniza de los días.
Segundo testimonio onírico
Me descubro
hurgando las mismas calles de la infancia,
corriendo desde el bosque
hacia almacenes dorados
junto a las ruinas del pueblo.
Ruedo y me detengo en la tortuosa escalera.
Compro un libro que no existe.
¿Cuál es la verdadera compañía,
cuál la abundancia vital, el reino
de los cielos para armar
entre los pequeñísimos milagros del hombre?
Trata de saber si estás dormido,
si en verdad y completamente estás dormido,
soñando el reverso de tu historia,
lo que debería ser nuestro viaje
por la tierra,
creyendo una vez más.
Secretos del oficiante
Quería anunciar los pabellones,
la fijeza del motivo,
tu paso de campanas en la bruma.
Aletea, salta en nuestras bocas
el legado casi vano de los escribas.
Salpicados así de incertidumbre
abordamos la mañana en espirales,
abierta la mano para que caiga el mundo.
Finjo ser un bosque enfrentado a la intemperie,
un albatros
adivinando el oleaje en la noche ciega
hasta que llegues, indecible,
a restaurar el asombro y la figura.
Un hilo de savia muda su cauce.


