Fragmento gratis del libro Estrenando plumas
Autores: Adriana Curiel, Annia Galano, Gerardo Montoya, Luciano Walter, Mariana Otero, Olivier Pavón, Víctor Salinas
Nunca pensé que me ocurriría a mí. Pero ahí está. La maldita página en blanco me mira con sorna. Puedo sentir la risita irónica. El “Te lo dije. A todos les pasa”. Quiero aventar la laptop contra la pared como en esas escenas cinematográficas donde rompen la loza, barren la mesa, desgarran vestidos. Nada de eso va a traer la inspiración de vuelta y la verdad, la lap cuesta un huevo. Así que respiro profundo y pienso en el Juvencio, mi pobre asesino. Ocioso. Triste. Aburrido. Sin nada que agregar.
−¿Se le ofrece algo más?
La voz aguda, casi infantil, exacerba la impotencia. ¡Qué osadía de espiar, de evidenciar el colapso del talento! Irrumpir con desfachatada superficialidad en el estudio para banalizar el instante sagrado de lo que, en este momento, siento como la expiración de mi carrera literaria. ¿Qué haría Juvencio contigo, niña estúpida?
−Señor, ¿se le ofrece algo o ya me puedo retirar? Es que, como le comenté, este año me toca comprarle su ropita al Niño Dios del barrio y me cierran a las seis.
Silencio. Mi cabeza no se detiene ¿Qué te haría Juvencio?
Golpeo el escritorio con las dos manos. Me pongo de pie, fúricos pasos acompañan los gritos silenciosos: ¿Quién te dejó entrar? ¿Quién te crees? ¿Me estás espiando, quieres salir a contarle a todo el mundo que tengo dos semanas sin poder escribir un solo párrafo?
Todo se tiñe de rojo, un compás iracundo acompaña la contracción de mis músculos. Los brazos van y vienen con una fuerza que jamás pensé que me habitara. Rompo la laptop. Los ojos abiertos, vacíos, cristalinos se reflejan en la pantalla estrellada. Todo es sangre. ¿Qué haría Juvencio ahora?
Con la camisa salpicada regreso al escritorio, tomo papel y lápiz, comienzo a escribir: Envuelto en la negra melena, cráneo y pómulos se estrellan contra el piso. Con la pasión de un director de orquesta, mis manos dirigen el excitante concierto de gritos, de huesos crujiendo, estrellándose contra el parquet de madera. Como moho apresurado, la sangre se expande ahogando oxígeno y melodía. La belleza de la vida debe exorcizarse de cualquier vulgaridad.
Un tímido carraspeo me rescata del agobiante blanco en estéreo del papel y la pantalla. La muchacha sigue ahí parada, un rictus de impaciencia ha reemplazado el atolondramiento de sus ojos. Le entrego, con cierto ademán de desafío, el lápiz y la hoja. Ella duda si usar el escritorio, con la mano le indico que proceda. Sin tomar asiento, se inclina sobre el papel y comienza a garabatear el dictado de mi gula: Toblerone, huevos Kinder, Snickers… Cuando me perturban estos bloqueos, los combato con antojos.
Espero a que salga. Veo más calmado a este escritor que se asusta fácilmente ante la hoja en blanco. Dar palos de ciego es normal, le susurro. Me gusta ver cómo mi aliento en su oído le pone la piel de gallina. Significa que me escucha. Le digo que yo mismo he sentido ese vacío que solo lleno cuando encuentro a mi “presa”. Es cuestión de tiempo, de hallar un objetivo, grabarme sus pasos, sus costumbres, de seguir a cierta distancia, de pasar inadvertido. Amigo, te voy a decir un secreto, no soy un simple asesino. Soy un Dios con mayúscula, capaz de arrancar la vida miserable, errática, por eso te pido que no me conviertas en un matoncillo de barrio. Matar es un arte, es encontrar esa rendija entre la piedad de hacerlo rápido y el placer de escuchar gritos de clemencia. Tampoco me des víctimas fáciles: meseras, obreros, niños en un parque. ¡No!, dame a esos hijos de la chingada que se creen dioses, así con minúsculas, capaces de torcer el destino de cualquiera. No te equivoques conmigo, no fui un niño violado, maltratado, nada de eso. Tampoco soy un vengador de los desposeídos. ¡Para nada! Soy tu yo más primitivo, cabroncito. ¡Venga, pon tus nalgas en esa silla y escribe! Mándame a la calle. Por cierto, me gusta mi nombre, me hace inolvidable.
La silla rechina. Mi zapato se mueve sobre la mancha que dicta el ritmo. Su nombre: La Principal. El piso de mi santuario es un asco para los periodistas. “Soy un monje de la misma orden que Francis Bacon”, respondo para sacarme de encima a esas moscas. Dos libros más y la madera bajo el escritorio quedará como uno de esos escalones en proceso de erosión del metro. Juvencio también sabe que somos el mismo polvo que nos esmeramos en limpiar. Camina frenético por las calles que lindan con el parque en busca de lo que brilla en su retina cuando de golpe sabe. Ese halo que lo muerde con dolo. Siento un calor que emana del piso. Se me crispa la nuca. Mis manos chorrean las palabras de una conciencia en fuga. Una locomotora destaza la oscuridad. Del otro lado, Juvencio mira directo al impacto, mientras la habitación se satura de humo. La fragilidad gotea sobre el teclado.
Juvencio deambula en la oscuridad. Diferentes escenografías visten su recorrido. Sigo sus pasos por el cuarto. La muchacha ha dejado el termo de café lleno. Al menos sirve de algo. Leonor, editora y examante, se empeñó en que la recibiera para asegurar mi bienestar. Como si no supiera que su intención es espiarme. Lleno la taza, el chorro todavía humeante me regresa a la noche ficticia. El primer asesinato de Juvencio. Ya tendrás tiempo para ser Dios. Primero hay que prepararte el terreno.
La sirvienta vuelve a serme útil. Será la primera víctima. Juvencio la encuentra en una pulquería, la seduce, vierte GHB en su bebida. Lugares comunes, no importa. Lo mejor está por llegar. No hace falta atarla, la droga ha hecho efecto. Solo puede mover los ojos. Juvencio saca el bisturí. Hace un corte fino desde el esternón hasta el ombligo. Los ojos aterrorizados lo excitan. Lame la línea roja que brota de la herida. Quiere sentir el corazón desenfrenado de la chica. Otra incisión debajo del pecho le da acceso a una mano. Sirvo otra taza, esta vez con dos terrones de azúcar como debe tomarlo Juvencio. Personajes emergen de paredes y piso. Ahora lo tengo claro. Jamás había escrito tan de prisa. Las imágenes se agolpan. Los protagonistas luchan por sobrevivir a la siguiente página. Un sudor frío me cubre el cuerpo. Leonor me la va a querer mamar otra vez. Será lo mejor que haya leído. Exigirá secuelas. Una risa sarcástica sale de mi boca al verme en el estrado, agradeciendo un premio.
La vista se empaña. No me detiene, conozco el teclado de memoria. La garganta se cierra. Desabotono la camisa. Con pasos titubeantes abro la ventana. Abajo, en el jardín, Leonor engulle mi snicker. La sirvienta se despide. Intento pedir ayuda, la voz se apaga. ¡El puto café! Leonor dirige la mirada a mi ventana. Entra a la casa. No puedo morir ahora. Debo terminar mi obra. Ya tengo el final. Me arrastro hacia el escritorio.
Leonor entra con más café, entre encabronada y chachonda. ¡Déjalo y vete, no tengo tiempo! le grito.
Lo único en lo que puedo pensar es en terminar la pinche obra y más ahora que sé exactamente lo que va a pasar con todos esos miserables que estaban rebelándose a mi voluntad. ¡A la verga!
Escribo y escribo sin parar, hojas, letras, sudor, saliva.
Leonor sigue ahí, apenas puedo verla con las nubes en los ojos, pero huele a estorbo, y el hedor se acerca cada vez más.
Yo solo quiero café y que me deje en guerra.
Se para junto a mí. Me da asco, me incomoda, me roba el aire, la inspiración.
¡Lárgate!, le grito con todas mis fuerzas, ¡Vete ya de una pinche vez!
−Si … ya nos vamos.
Y sin más, la hija de puta vertió la taza de café hirviendo sobre la obra.
Mi alma podrida chilló hasta quedarse sin voz y sin letras para siempre.

