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Los resortes del colchón emitían un lamento metálico cada vez que mi cadera buscaba acomodarse, o la de ella. Habíamos traspasado sin euforia la barrera del orgasmo, y ya me estaba aburriendo. Será por eso que se me ocurrió la broma. Fijé la vista en el espejo del techo; mi cara resaltaba en la penumbra por el resplandor rojizo de una lámpara. Marta descansaba a mi lado. Respiré profundo, dos o tres veces.

-¿Qué te pasa? –preguntó ella.

No contesté. Apreté los puños, abrí desmesuradamente los ojos y empecé a murmurar palabras extrañas, palabras que ni yo mismo entendía y que semejaban un susurro diabólico. Palabras que reverberaban en los recovecos del cuarto, y que, extrañamente, le daban a mi voz una cualidad siniestra que nunca antes había escuchado. Me pareció divertido. Pero Marta se asustó. Y se asustó en serio. No la creí tan sensible. La vi por el espejo alejarse de mí suplicando que no siguiera.

-Vení, tontita –le dije. Se puso a llorar-. Vení, no lo voy a hacer más –y la abracé.

Permanecimos así por un rato. Fue hermoso descubrir su debilidad. Sentí que podía dominarla plenamente, y esa sensación vitalizaba mi deseo hacia ella. Hicimos el amor mejor que nunca, hasta que el tiempo se agotase.

Doce de la noche. Todo estaba por terminar. En cinco minutos ella iría al baño y empezaría a vestirse. En cinco minutos mi poder llegaría a su fin. No más miedo, no más protegerla. Tenía que experimentar mi dominio por última vez, prolongar cuanto fuese posible el goce que me procuraba. Y casi sin proponérmelo, nuevamente los puños apretados, ojos bien abiertos. Las palabras salían ahora con más fuerza. Marta volvió a suplicar, y se escondió bajo la sábana. Yo no podía detenerme, estaba poseído por mi propio deseo de aterrarla. Pronuncié los nombres que, como lengüetazos de serpiente, iban emergiendo por los fangosos desfiladeros de mi cerebro. Así aparecieron Molock, Asmodeus, Dofernus, Belcebú, y muchos otros. Hasta que por fin me detuve. Me sentí culpable. Marta estaba totalmente cubierta por la sábana. Quise pedirle perdón. No pude siquiera intentarlo. Otra vez el susurro. Pero esta vez no era yo. Beliak. Dirus. Astarot… Se me erizaron los pelos de la nuca, un sudor de hielo me recorrió la espalda. Pero enseguida me di cuenta. Era ella. Le dije que estaba bien, que la terminase. Pero seguía con mayor intensidad. Nebirus. Gotar. Satanás… Me incliné sobre ella y arranqué la sábana. No encontré el rostro de Marta, sino el de un anciano que me miraba fijamente y seguía susurrando.

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Sobre el autor

Licenciado en psicología, escritor, guionista y compositor. Ha publicado cuatro novelas: Como perro que aúlla en la oscuridad, El último chiste del Gran Jacobi, Ni siquiera nos queda París, Adiós héroe americano. También libros de humor como: Teléfonos Pinchados (al fondo a la derecha), Diccionario Sendra-Goldman de psicología cotidiana, Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio), Cómo ser intendente y no morirse de angustia, Ni loco vuelvo a ser presidente, y otros.

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