Mallorca nos recibió, al viajero y a mí, como solo una isla sabe hacerlo. La luz rota en diminutos espejos sobre el Mediterráneo; su fuerza y su cultura derramada sobre los puertos; sus apacibles calas bañadas por el sol del mediodía, que pulía también las rocas de las orillas por las que pasa el tiempo.
Llegamos este verano, en días de Copa del Rey, cuando las velas tiemblan en las aguas la aventura que es fiesta. Reviví así la infanta experiencia isleña: esa manera de medir el tiempo por las mareas y no por los relojes. Yo, cubana de origen y pez por naturaleza, reconocí en palmas de Mallorca algo más que un paisaje: allí estaba mi nostalgia marítima gritándome.
Durante quince años en México, lejos de toda costa u orilla, como no fuera la de mis días, tuve que inventar mares en los libros que escribía para no ahogarme de su ausencia; ahora, el agua vuelve a mi vida como un espejismo que, al tocarlo, me permite creer que su lejanía nunca fue cierta.
Casi sin deshacer la maleta, pero recibidos en el Secret Villamil con una amabilidad hogareña que solo los grandes saben ejercer , nos fuimos a Nikki Beach Mallorca, un club de concepto único: elegancia descalza, piscina que se prolongan hasta alcanzar el mar, camas de día, música y una cocina exquisita donde el trópico se funde con el Mediterráneo. Fue un preludio luminoso, un recordatorio de que el mar también se goza y se comparte.
Desde nuestra habitación en el Villamil podíamos saborear ese mar que me devolvía un pasado venturoso. La terraza se abría sobre la calma de la playa. A la mañana descendíamos, el viajero y yo, hasta sus aguas para dejar que nos envolviera su transparencia tibia. Alejandro, director del hotel, y Jesús, uno de esos empleados que guarda en sí mismo toda la historia de un lugar, nos cuidaban con una hospitalidad que no se aprende en manuales: se lleva en la sangre. Desde el instante inaugural el Villamil se transformó en un hogar que servía el lujo como quien ofrece un abrazo.
La isla nos llevó también al Zoëtry Mallorca, una finca centenaria rodeada de olivos, donde el chef Andreu Genestra preparó la cena “Latitud 39ºN”: un viaje de sabores que evocaban el mar y la tierra. Entre el molino, el patio y la capilla neogótica, los platos se volvían relatos: anguila Wellington a la mallorquina, cochinillo de porc negre, vinos que traían siglos a la mesa.
El día de la regata subimos a una embarcación auspiciada por el equipo comercial de Hyatt y Nikki Beach para acompañar al Hydra. El arranque fue pura agitación: velas tensas, agua cortada, murmullos e ilusiones a la deriva. Ante nosotros, se escribía otra página del legendario torneo de la Copa del Rey de Vela, que desde 1982, año en que tal vez me bañé por primera vez en el mar de las Antillas, reúne en la bahía de Palma a las mejores tripulaciones y embarcaciones de Europa.
Y allí, con el cuerpo sumergido en una cala diáfana clara, entendí que este viaje era mi regreso: de La Habana a Mallorca, a un mar que tuve que inventar para sobrevivir a otro que ahora me devolvía la sal, la luz y la certeza de pertenecer para siempre a sus orillas.

