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Goodbye, American hero – Capítulo 1

Nueva York, 1981

Dejé que el teléfono sonara al menos tres veces antes de atender. Cuando lo hice, me encontré con la voz gruesa de alguien que no parecía dispuesto a perder el tiempo.

—¿John Rossi? —preguntó.

—Sí. ¿Quién habla?

—¿Es usted John Rossi, detective privado? —insistió el tipo. Su voz tenía un leve acento extranjero que me recordó a los “villanos” de infinidad de películas.

Volví a decir que ese era yo. Recién entonces la voz dijo que tenía un buen caso para mí y que me esperaba frente al muelle 5 a las nueve de la noche. Todo me sonó muy melodramático. Iba a preguntarle por qué mejor no venía a mi oficina a tomar un trago, pero temí que el posible cliente me colgara y yo no estaba para esos lujos. Tenía muy poco trabajo y casi nada de dinero. En realidad, hasta ese día solo había obtenido unos pocos casos de tipo doméstico, tonterías como vigilar a una colegiala indisciplinada o buscar a un perro salchicha por todo el Central Park. Pero ahora, esa voz misteriosa parecía ofrecerme algo de veras importante. Importante y con olor a billetes. Así que acepté ir.

—¿Cuál es su nombre? —pregunté.

—Eso no importa.

—Pero… Dígame al menos cómo voy a reconocerlo.

En ese momento escuché un sonido desagradable que me hizo pensar en saliva, como si el tipo estuviese mascando algo.

—No se preocupe —dijo sin dejar de mascar—. A esa hora seremos los únicos en el muelle —y colgó.

Me felicité a mí mismo por haber invertido los últimos dólares en agrandar mi nombre en las páginas amarillas de la guía telefónica. Era evidente que estaba dando resultado. Sin embargo, el teléfono permaneció mudo durante el resto de la tarde, así que me entretuve con el crucigrama del Times hasta las ocho. A esa hora cerré la oficina, bajé a Tony’s para devorar una pizza de tomate bien caliente y enseguida me dirigí al muelle 5.

Como es mi costumbre, llegué a la cita unos minutos antes de la hora fijada. Apagué el motor de mi viejo Ford y acomodé mis manos agarrotadas de frío en los bolsillos del sobretodo. El muelle estaba desierto; o al menos así lo parecía. La luz proveniente del único farol encendido no ayudaba gran cosa. Para peor, la densa niebla de la bahía no me dejaba escudriñar mucho más allá del capot de mi auto. Pudo haber un tiranosaurio comiéndose una grúa en ese muelle sin que yo llegara a enterarme.

Un ruido de motor. El vidrio trasero del Ford empezó a brillar cada vez con mayor intensidad, para enseguida volver a oscurecerse. Un Cadillac negro se acercó lentamente hasta quedar detenido a la par de mi auto. Descubrí que los Cadillacs negros en un muelle oscuro tendían a ponerme nervioso. Instintivamente, revisé en mi memoria si había algún tipo que tuviera interés en darme una paliza. Pero no. Yo no tenía más enemigos que mi casera y este no era su estilo para cobrarme la renta.

La puerta del Cadillac se abrió. Un chofer de traje gris se apeó con aire petulante y llegó hasta mí con indicaciones de que bajase la ventanilla. Así lo hice.

—El señor Steinberg lo está esperando —dijo, con exagerada cortesía, como si no estuviese acostumbrado a ser cortés.

Era un tipo de estatura mediana, complexión ancha, amplia quijada y velado acento a lo peor de Brooklyn; la clase de tipo que uno contrataría como chofer o como asesino a sueldo. Noté que me miraba con cierto recelo que no pude interpretar.

Bajé de mi auto y el chofer abrió la puerta trasera del Cadillac. Me detuve unos instantes, lo suficiente para echar una buena mirada al interior del lujoso vehículo. No era mucho lo que se podía ver en aquella penumbra; sin embargo, alcancé a distinguir la figura bastante obesa del tal señor Steinberg, quien permanecía clavado en su asiento, indiferente. La intriga y la tensión me hicieron olvidar el frío de la noche. Una sirena, agónica, sonó brevemente desde algún barco lejano.

—Entre… por favor —dijo el chofer con mal disimulado fastidio. Y en cuanto lo hice, empujó la puerta cerrándola de un golpe.

Por fin estuve a solas con el dueño de la voz misteriosa. El tipo sostenía las manos cruzadas sobre su voluminoso abdomen y no dejaba de mirar hacia adelante, hacia algún punto indefinido, como si pretendiese ignorar mi presencia dentro del auto. No se tomó la molestia de saludar ni decir cosa alguna, más bien se limitó a producir un sonido con su lengua, una especie de chasquido desagradable. Advertí el contorno de un cigarro apagado en su boca. Un olor a tabaco húmedo entre rancio y dulzón.

—¿John Rossi? —preguntó por fin, con una voz que sonaba aún más ronca que por teléfono.

Yo asentí, e inmediatamente agregó:

—Soy Steinberg. Isaac Steinberg, del Consejo Judío Mundial —y sin darme tiempo a imaginar qué diablos querría de mí ese Consejo Judío, continuó—: Iré al grano, Rossi. Quiero que vaya al Paraguay en busca de un hombre.

Me avergüenza admitir que yo no tenía la más remota idea de dónde quedaba el Paraguay. Steinberg debió captarlo por mi silencio, ya que enseguida me aclaró que se trataba de un pequeño país sudamericano, entre las fronteras de Brasil y Argentina.

—Ese hombre se llama Ricardo López —prosiguió él— y ha decidido colaborar con nosotros denunciando las actividades de nazis prófugos escondidos en ese país. Usted irá a buscarlo y le dará protección mientras lo trae a New York.

Me pareció extraño que el Consejo Judío Mundial recurriese a los servicios de un detective privado, ya que, supuse, una organización dedicada a investigar nazis debía contar con hom­bres más experimentados en ese trabajo.

—¿Por qué no envía a uno de sus agentes? —pregunté.

Steinberg suspiró y chupeteó un par de veces el cigarro antes de contestar.

—Son todos bien conocidos por las autoridades paraguayas, y muchos ofíciales de aduana están a sueldo de los nazis. Nadie sospechará de un simple turista americano. Además, ninguno de mis agentes disponibles habla el español tan bien como usted.

Imaginé que Steinberg se había preocupado por examinar todos mis antecedentes familiares, analizando a mi madre portorriqueña y a mi padre italiano con la escrupulosa dedicación de quien estudia el “pedigree” de un sabueso. Me sentí bastante molesto.

—Le diré, señor Steinberg, que yo cobro…

—Hay cinco mil dólares para usted por este trabajo —interrumpió—, la mitad por adelantado —y esto último lo dijo sacando un sobre del bolsillo interno de su abrigo.

Yo contuve el aliento para no demostrar sorpresa, pero supe que Steinberg lo había notado.

Preguntó por mi pasaporte y le dije que estaba en regla; justamente lo había obtenido un año atrás en un intento frustrado por conocer Europa, aunque no pensé que a Steinberg le interesara este detalle. Me entregó un pasaje indicando que me ocupara de conseguir la visa en el consulado del Paraguay, él hablaría con alguien en la embajada para acelerar ese trámite.

Luego dijo que mi vuelo partiría la noche siguiente rumbo a Asunción y que tendría una reserva hecha en el Hotel Guaraní, situado en pleno centro de la capital paraguaya. Allí me buscaría el señor Müller, un alemán que llevaba muchos años radicado en el Paraguay y que estaba libre de sospecha por parte de las autoridades. Müller me llevaría con López y al día siguiente yo saldría con este último de regreso a New York, donde Steinberg estaría esperando en el mismo aeropuerto. Todo sonaba fácil. Fácil y productivo. Sin embargo, no pude evitar un creciente sentimiento de antipatía hacia Steinberg. Ese gordo chupacigarros tenía la personalidad de una computadora de la CIA, un chip manipulador que había maquinado su juego de intrigas en donde yo no era más que un simple robot de hojalata.

Steinberg tomó un bastón y cruzándolo a pocos centímetros de mi nariz dio dos golpes secos sobre mi ventanilla. El chofer, que estaba apoyado sobre mi auto, tiró su cigarrillo y vino a abrirme la puerta.

Antes de salir escuché nuevamente la ronca voz de Steinberg diciendo a manera de despedida:

—Escuche, Rossi. Su trabajo es sencillo pero muy importante. Necesito a López en New York, lo antes posible.

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Sobre el autor

Licenciado en psicología, escritor, guionista y compositor. Ha publicado cuatro novelas: Como perro que aúlla en la oscuridad, El último chiste del Gran Jacobi, Ni siquiera nos queda París, Adiós héroe americano. También libros de humor como: Teléfonos Pinchados (al fondo a la derecha), Diccionario Sendra-Goldman de psicología cotidiana, Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio), Cómo ser intendente y no morirse de angustia, Ni loco vuelvo a ser presidente, y otros.

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