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Felix (no el gato) Guerra (no mundial) Pulido y afilado por el sol

FÉLIX GUERRA: POETA DE LA DULCE AMARGURA

http://www.proceso.com.mx/?p=361659

En esta ocasión les quiero compartir las líneas de Valerie Mejer, escritora, traductora, poeta, pintora y soñadora, que llegó veloz desde San Miguel de Allende para compartir esas horas especiales con nosotros. Una mujer fina, aguda, inteligente y sensible, a quien estuvimos muy agradecidos de tener como presentadora y luego como compañía.

Así entra en mi registro un poeta que circula de mano en mano. Honrada y honrosa circulación como la de Mallarmé, como ha sido siempre el ciempiés de la vanguardia.

Se le corta un cuerpo que resurge enseguida. Hay suficientes células y ayuda que no todo depende de la cabeza. Hay toda clase de organismos en la poesía y hay algunos que expuestos al sol excesivo, al diálogo con Lezama que dura 16 entregas, al aislamiento perenne y al diálogo repentino y salvados por la palmera, la toronja y el caimán resisten luego mejor la plaga de la moda.

Cuba desde el aire hace ya 13 años me pareció también un animal verdeazul. Así, visto desde el aire, no podía ser otra cosa y creo que Camagüey, a donde no llegamos, vendría estando en la cola, en la repentina e imprevisible cola del animal. Como algo que puede respingar, y como decía ser cortado y renacer. Pensando en Camagüey pensé desilusionada que sería imposible que encontrara mi “Rueda dentada” con sus poemas ideológicos, con sus anáforas, pero también con un brillo de Michaux y sus traducciones de Yannis Ristos. Mi “Rueda dentada” de ese compatriota de Félix Guerra Pulido que fue Nicolás Guillén. Así lo pensaba cuando vi entre una pila de libros Brooklynianos el delgado libro, con su elegante geometría en el lomo. Adentro tenía todavía la postal de un niño mirando hacia el faro en el morro, con una de esas olas que más que atronar empujan el malecón y adelgazan aún más, día por día, a la isla y a sus habitantes. Ola por ola que ya Virgilio Piñeira sintió como un cáncer que lo rodea por todas partes en su “isla en peso”, que también leí ahí y entonces en ese viaje a Cuba. El libro de este poeta de Camaguey, el aún tenerlo a pesar de tanto haber ido, y el haberlo encontrado sin buscarlo arrojó esa sombra de suerte y coincidencia avalada porque los libros de al lado eran todos de Paul Auster ese brooklyniano que cree y ha escrito tanto sobre la sincronía y la coincidencia. Así vendrían otras. Los nacidos en Camagüey compartían por lo menos en ocasiones una debilidad por el absurdo. Todavía sonaban muy fuerte los tambores de la victoria y la Revolución en mayúsculas para que Nicolás Guillén atendiera su revés, su cara doble, su cara de palo, su darle con un palo en la cara a lo que levantaron entre las palmeras la victoria de los humildes. Y para Felix Guerra esa debilidad útil para pronto encontrar las fracturas en el paradigma de la Revolución que en aquel viaje a Cuba era una palabra repetida a cada instante ad naseaum y usada para salvar entonces a Eliancito, aquel niño salido de la postal que miraba las olas y que con su madre se lanzó en un barquito de papel y llegó hasta la Florida, para quedar entonces capturado por el reality show allá y por lo altavoces en su isla, que lo reclamaban patriota, niño sin patria, sin madre, con padre, vaya usted a saber qué quería él o si nunca lo sabría; él tragada ya la cara de su sueño por las dos caras del mismo lobo. Así su amor por el absurdo está representado en el poema brillante “Se apea el rey de las costumbres”, donde las palabras grandes y con el peso que las entorpece de ideología se ocupan como el nombre propio de alguien, como el nombre Rosa o Ramón, es decir, simplemente sin artículo a su lado, sin bastón. Así Félix Guerra en sus propias palabras “elude oxidaciones” y esto es por lo que apuesta:

Tal vez alguna vez sea menor el riesgo

de contemplar al descuido espigas anochecidas.

O tararear olvidos, así como lánguido,

caramelo mojado en saliva, erecto pirulí,

arista de amianto enfilada

a orgasmos y astros.

Y junto al rebaño lamer greñas de la criatura

que desnudas. Quito nube de mis ojos.

Me descalzan a quemarropa,

pero vuelvo a hundir hombro en la humedad.

Me acogen o te acogen en la noche,

pero deshago miméticos

bufones y jocosas jurisPRUDENCIAS.

Cómo no pensar otra vez en su compatriota de Camagüey cuando dice:

Pudieras lector pensar que yo busco

meterte en un cuarto cerrado y oscuro,

para calentarte de tal modo el seso

que exclames con rabia: ¡Demonios, qué es esto!

Más yo me adelanto y con voz tranquila

te digo: ¿Qué pasa que vas tan de prisa?

No es nada

no es nada

no es nada

no es nada

no es nada

no es nada

no es nada

no es nada

La rueda que avanza con un diente roto…Cuba. Y en Félix Guerra Pulido el desgaste de las palabras del discurso en contraste con las toronjas, y el tiburón bajo la sombra de la ola. Los renglones pegados como las árboles en su selvas, las palabras con erre: región, rejuego, lavadura, relumbre. El absurdo al que es sensible repasado en la biografía expuesta en sus poemas: os antepasados diletantes son asignados al campo, como el poeta Brodsky sería asignado al campo de trabajo. Y tal vez los campesinos asignados a las palabras. El tiburón a volar, el pájaro a nadar, la rueda detenida, el diente roto. Y la necesidad de libertad, esa “Hambre de grupo” universal salida como esa cola que aunque la cortan vuelve a nacer:

Es apetito que crece con la lluvia.

Aumenta cuando escampa.

Hambre de libertad.

Libertad mía, personal, mayoritaria.

Recrecida, humanística y ética, de

atajo generacional, multidisciplinaria.

Para estampidas o  contenerse.

Para pretender cosas

estrictamente indispensables

que sin embargo nunca hemos

poseído. Para correr desbocado,

desbocados, con igual prontitud

que antes

nos detuvimos a pensar Historia.

Para rumbear a caballo o ir a galope

con las patas de mi cuerpo.

Esas cosas estrictamente indispensables en las que se detiene y nos detiene Félix Guerra: el tiburón bajo la sombra de la ola, el cuchillo que le entregó a una mujer afuera de una choza, la construcción asombrosa de su choza, la choza de palabras a la que ahora en su presencia en México nos invita.

Valerie Mejer

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Sobre el autor

Escritora, periodista, maestra de escritura creativa y editora. Su primera novela, Bahía de Sal, ganó el premio Juan Rulfo en 2016, y ha sido publicada en España, México (Huso) y Argentina (Qeja). Es autora también de Monte y ciervo herido (divulgación científica, editorial Gente Nueva, Cuba, 2010). Nostalgias de La Habana, Memorias de una emigrante, (Südpol, Argentina, 2017). Luz en la piel, cinco voces de mujer (Huso, España 2018). Los amores prohibidos de la muerte (Huso-España, 2019) y varios libros de cuento inéditos y antologías. Actualmente cursa una Maestría en Letras Latinoamericanas en la UNAM, México.

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