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Félix Guerra: el invitado al éxtasis de la mirada

El poeta es sin duda el que mira, el que lleva sus ojos a ver. Desde  las Metamorfosis de Ovidio para acá, el poeta ha sido el invitado a verse a sí mismo, a contemplarse en las aguas detentadoras del mundo, sin que —no siempre—, lograra atisbar el mundo. Pero en este trayecto de siglos aprendió a botar la cáscara, a librarse de la erótica seducción con que alguna vez se disfrazó de nenúfar blanco. Dejó de ser el simple merodeador acuático que se contagia con el  inaccesible reflejo que aparece en la fuente. Trastocó la mirada mítica en la búsqueda encarnadora de una conciencia de sí mismo más que en el regodeo de una imagen propia. Esto le permitió desculpabilizarse del error, declararse libre, metamorfosear la soledad de su visión e ir más allá, salir fuera de sí: salir de la locura narcisista, lo cual hizo posible que renaciera como poeta. Fue su salto mayor, porque encontrarse con los demás, fue encontrar nuevamente su voz, saberse parte de un universo humano que se expande, adentrarse por fin en su realidad esencial.

Ese tránsito de dos mil años en la poesía de occidente se ha convertido el narcisismo en una mala palabra. Sin embargo, Félix Guerra, en el poemario El invitado soy yo, lo asume y resume de un plumazo, reivindicando así, sin complejos, el acto de la creación de apariencias como fundamento necesario del arte. Qué alivio, la poesía existe. Desde el primer poema, El invitado… no tiene a menos reconocer que viene de ahí, de esa agua discursiva, de esa imagen huidiza que, en su caída, luego de una extraña resurrección, se metamorfoseó  en la flor.

                        nací

de una silenciosa flor,

de pausadas cáscaras

oscuras: en cada derrumbe descubrí

recientes huesos míos creciendo

entre las ruinas, como hojas

de paisaje todavía

sin árbol primordial.

Solo que la fuente a la que él ha sido invitado, no es aquí punto a donde se llega, sino impulso primigenio del cual se parte en este libro extraordinario, dador de hermosura. Félix parte de esa mirada que él recupera y trasciende. La hace suya. Pero, al mismo tiempo, hace algo inusitado: convoca a todas las miradas.  Como no siente vergüenza de ninguna, ensancha con la hereje la pupila, mira incluso a contracorriente, vuelve atento el ojo, como antes Valéry, Gide, Mallarmé, a las delicias introspectivas del inagotable Yo, para llegar, en apoteosis, a ese fuera con el cual, en tanto que ve, establece un fructífero intercambio, y en tanto que le posibilita verse, entraña el reconocimiento de que el otro (o la otra) es la representación de sí mismo.

       Cuesta

admitirme como soy.

Sin el espejo no veo la nariz, que

desvía al sur. No veo el Sur

justo cuando cruza sobre el eje de mi cuerpo.

Un ojo no ve el ojo hermano compañero.

Intercambio. Apasionado trasiego de lo visible y lo invisible. Asume la mirada sin ningún tipo de remilgos,  pues tal éxtasis le concede la gracia de salir al yo, al tú o al universo “con un proyecto de pulmón ajeno”. Es decir, valiéndose del otro, va, realizado, “en busca de suspiros propios”. Para él no hay culpa ni engaño. Su poesía no se debate entre la verdad y la representación de ese reflejo originario. Lo que está delante, invitándolo, es el mundo, que le permite, por un lado, gozar de la soledad y, por otro, de la compañía de todos los seres y cosas que pueblan el planeta. Y como para que no quede ningún rescoldo de ambigüedad, en el poema “Por si llegara”, lo declara categóricamente.

Soy parte, pues, de algo

considerablemente mayor. Cambio del

yo al tú y además movimientos de

alfiles por una diagonal.

No hay fronteras. Es un vaivén. Cada poema es un ir y venir por el hallazgo. La palabra rivaliza con el ojo cuando se realiza el paso de lo interior a lo exterior, o viceversa. Félix mira con la palabra, oye, hace guiños, salta, la pone a reír, a darse prisa, a cantar entre sus dedos, le pone zapatos para que camine a paso lento, anteojos para que le ponga más rápido asunto al mundo o para que, en apretada sinopsis poética, como si hiciera un zoom, alcance la plenitud por medio del humor:

Son rirriquísimas

las tototortas

del tartamudo.

O mediante sutiles paradojas:

Para cada abismo

un bastón diferente

de candor

O con  furiosas antítesis:

A menudo ella es más rápida

con el puñal

que yo con las heridas.

Son jalones de una identidad mayor. Con ellos desafía la condena con que acaba el mito de Ovidio y los valores consagrados. No hay dudas de que, como otrora Narciso se asomara a la fuente, Félix Guerra se asoma a la palabra con el fin de dar el paso completo de la mirada a la forma.

En el líquido percibí

imágenes que deletreaban:

aquí escribieron

río

con  agua muy larga.

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Sobre el autor

Escritor, periodista, investigador. Licenciado en Periodismo, Magister en Comunicación Política. Entre sus obras publicadas destacan: El año que estuvimos en ninguna parte (con Félix Guerra y Paco Ignacio Taibo II; 1994, Planeta y otras ediciones); La vieja que vuela (Gente Nueva, 1993); El patio donde quedaba el mundo (Panamericana, 1997); Largo viaje de ceniza (La Buganville, , 2001); Tres en una taza (Uruk, 2016).

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