Leer es un acto tan cotidiano que a veces olvidamos lo extraordinario que resulta. Mario Vargas Llosa dijo alguna vez que aprender a leer fue la cosa más importante que le había pasado en la vida. Muchos han expresado algo similar con respecto a la importancia de la lectura. Leer es mucho más que decodificar palabras: es viajar a otros tiempos, sentir lo que otros han sentido, pensar con ideas ajenas y encontrar un reflejo de nosotros mismos.
«Aprender a leer es lo más importante que me ha pasado en la vida».
Mario Vargas Llosa
¿Pero por qué leemos? ¿Desde que se tallaban signos en piedra hasta hoy cuando leemos en pantallas o escuchamos libros mientras caminamos, qué nos impulsa? Esta pregunta nos lleva a recorrer una historia la fascinante historia de la lectura, que ha sido poder, rito, salvación, consuelo y placer.
Los beneficios de la lectura han acompañado a la humanidad desde sus orígenes. No se trata solo de adquirir conocimientos, sino de cultivar la imaginación, desarrollar el pensamiento crítico y fortalecer la memoria. La importancia de leer radica en que cada página nos abre un horizonte nuevo: nos permite viajar sin movernos, comprender otras culturas y reconocernos en la experiencia de los demás. Por eso, al preguntarnos por qué leemos, encontramos respuestas que van desde lo personal hasta lo colectivo, de lo emocional a lo histórico.
La historia de la lectura: de los primeros signos a la era digital
Leer ha sido, desde sus orígenes, mucho más que un medio para transmitir información: una forma de construir mundos, de dialogar con los otros y con uno mismo, de encontrar consuelo, respuestas o nuevas preguntas. A lo largo de los siglos, la lectura ha cambiado de forma, soporte y ritmo, pero nunca ha perdido su poder transformador.
Los inicios de la lectura en la antigüedad: escritura, poder y lectura colectiva

La historia de la lectura comienza hace unos cinco mil años, cuando civilizaciones como Mesopotamia y Egipto inventaron los primeros sistemas de escritura. Aquellos signos eran pictogramas que representaban objetos, ideas o sonidos, y con el tiempo evolucionaron en sistemas más complejos como los jeroglíficos egipcios o los alfabetos fonéticos.
En esas sociedades antiguas, saber leer estaba al alcance de muy pocos: escribas, sacerdotes o élites que custodiaban el conocimiento. Las tablillas de arcilla sumerias o los papiros egipcios contenían registros comerciales, historias y saberes, pero su lectura y escritura eran habilidades especializadas.
Durante milenios, leer no era algo que se hacía en silencio ni en soledad. Se leía en voz alta y en comunidad. En la Grecia clásica era común leer textos ante otros, y la lectura silenciosa, una rareza.
Así, la lectura nació como un acto colectivo, ritual y profundamente ligado al poder: quien podía leer, podía también organizar, registrar, preservar… y gobernar.
Del pergamino al papel: la revolución de la imprenta

Siglos después de que leer fuera un privilegio de escribas y élites, Johannes Gutenberg introdujo la imprenta de tipos móviles en Europa. Era mediados del siglo XV. Por primera vez los libros podían reproducirse en grandes cantidades y a bajo costo. Lo que antes eran objetos únicos y caros, copiados a mano sobre pergamino, comenzaron a convertirse gradualmente en objetos más accesibles, transformando el acceso al saber.
La Iglesia, consciente del poder de la palabra impresa, promovió la alfabetización básica para que más gente accediera a los textos religiosos. La Reforma protestante impulsó la lectura personal de la Biblia en lengua vernácula, en lugar de escucharla únicamente en latín. Así, la práctica de leer pasó de ser colectiva y en latín, a silenciosa, privada y en la lengua cotidiana.
Con la imprenta, también aumentó la publicación de obras no religiosas. Hacia los siglos XVI y XVII, se publicaban cada vez más crónicas de viajes, tratados científicos y relatos de ficción. Los populares pliegos sueltos –textos breves con canciones, cuentos o noticias sensacionalistas impresos en papel barato– recorrían pueblos y ciudades en manos de vendedores ambulantes.
El auge de la novela: historias que atraparon al mundo

Si bien existían formas narrativas desde la antigüedad, entre los siglos XVIII y XIX, la lectura vivió una transformación profunda: se convirtió, por primera vez, en una fuente masiva de entretenimiento. La novela se consolidó como el género favorito de una clase media cada vez más alfabetizada y curiosa.
Durante el siglo XVIII se multiplicaron las novelas epistolares, satíricas, sentimentales y de aventuras. Este fenómeno vino acompañado de la llamada «revolución de la lectura». En palabras de Rolf Engelsing, hacia fines del siglo XVIII se pasó de una lectura «intensiva» de unos pocos textos fundamentales (como la Biblia) a una lectura «extensiva» de muchos textos variados. Asimismo, la costumbre de leer en voz alta en sociedad fue cediendo terreno a la lectura silenciosa e individual. Se produjo una transformación: «de intensiva a extensiva, de oral a silenciosa, de colectiva a individual, de religiosa a laica».
La novela se consagró en el siglo XIX como entretenimiento predilecto de las masas alfabetizadas. Un ejemplo emblemático fue el de Charles Dickens. Sus historias, publicadas por entregas en revistas, atrapaban a miles de lectores que esperaban cada nuevo capítulo con entusiasmo. Obras como Los papeles póstumos del Club Pickwick causaron tal furor, que las personas hacían fila para conseguir los fascículos y asistían a lecturas públicas masivas. Esta “fiebre” por la ficción reflejaba una transformación cultural: leer se había convertido en un pasatiempo popular, una fuente de emociones y una experiencia profundamente humana.
Recomendación de lectura

En esta serie de textos dedicados al vicio de la lectura y por qué leemos, queremos hacerte una recomendación especial de una obra maestra sobre la lectura y uno de los primeros grandes ensayos sobre este tema, que es todavía tan estudiado y tan revelador en todos los órdenes.
Una historia de la lectura Autor/a : Alberto Manguel
Traductor/a : José Luis López Muñoz
Así como la lectura nos transforma, la escritura también abre caminos de autoconocimiento y creación. Leer y escribir son actos inseparables: uno nutre al otro. Si quieres descubrir cómo la escritura puede enriquecer tu vida tanto como la lectura, te invitamos a leer nuestro artículo sobre los beneficios de la escritura.

