Fragmento gratis de El oficio de los sueños, de Alejandro Carro
Pronto las hormigas nos apoderamos de la casa. Tras colonizar el jardín, trepamos por las paredes y nos instalamos en grietas y huecos. Sobre los muros se vieron filas sin fin de infatigables hermanas que, en organización perfecta, se encargaban de la manutención y aseo del nuevo hogar. Luego nos extendimos al resto de la propiedad. En cuestión de días penetramos hasta la cocina: invadimos la alacena, tomamos la despensa, trepamos por la comida. No tardamos en conquistar las demás áreas. En la sala merodeábamos el sofá; este mueble casi siempre contiene provisiones de alimento: no faltan las migajas y otras cosas que dejan los niños; sobre la alfombra y el piso del comedor hallábamos trozos de carne; en la mesa, gránulos de azúcar u otra delicia, quizá un frasco de mermelada destapado; cuando llegamos al baño, descubrimos el apetecible sabor del dentífrico. No existían obstáculos para nuestra creciente prosperidad.
Mi función principal era buscar nuevos territorios. Un día, luego de que la casa fue explorada en su totalidad, salí al jardín a tomar respiro. Anduve sobre la hierba, por encima y debajo de las hojas secas, llegué a los límites de nuestro territorio y, tras despejar la mente, decidí regresar. Seguí un camino distinto al de hacía un rato y descubrí, detrás de unas piedras, un charco. Fui hasta él para beber un sorbo. Con su frescura resbalando en mi garganta, entré al agua para relajarme. Flotaba y rompía la calma de la superficie mansa. Navegaba impulsada por la brisa. El charco era más grande de lo que aparentaba, parecía extenderse, veía más lejos la orilla. La inquietud se apoderó de mí. Pataleé para salir, pero me adentré aún más. Tras varios intentos desesperados, muerta de cansancio, por momentos dejaba de moverme y daba vueltas a la deriva en algún punto de esa masa líquida.
El tiempo perdió su real dimensión: parecía como si hubieran transcurrido horas desde que entrara al agua, aunque solo habían pasado unos minutos. Buscaba mi supervivencia. Anhelaba encontrar alguna hoja o cualquier otro objeto flotante donde aferrarme y llegar a tierra. Pero en toda la superficie yo era el único punto visible. Maduraba la tarde. A la preocupación sucedió la angustia; luego, la desesperación. En el ocaso comprendí que las posibilidades de salvación eran nulas: no se presentaba ningún auxilio y las nubes anunciaban lluvia. Si existía algún medio de escapar a mi futura tumba acuática debía ser un milagro. Y lo pedí. Le rogué al Dios de las Hormigas que me socorriera. “Por favor, no me desampares”, supliqué con fe. Estaba entregada a su voluntad. Parecía ignorar mis palabras. Tras un rato angustioso, en ese cielo gris e intimidante apareció su mano. Con el dedo índice me sacó del agua y depositó en tierra. Una vez repuesta del asombro, llena de fervor, le prometí obediencia y gratitud eternas. Presurosa y feliz, emprendí el regreso al hormiguero para contar a las demás mi insólita aventura y el milagro. Recorría el primer tramo del sendero cuando, desde ese cielo gris que ya liberaba las primeras gotas de lluvia, aquel dedo salvador dejó caer su vasta sombra sobre mí. Apenas tuve tiempo de escuchar crujir mi cuerpo en el misterioso designio del Señor. En ese último momento solo pude cuestionarme, temerosa y casi arrepentida de inmediato, por qué había sido esa su inescrutable voluntad.


