Fragmento gratis del libro Hellena de todas partes, de Gabriela Guerra
Pria, Cabo Verde, octubre primero, 2016
Tassos
Te leo y te escribo desde una playa de Pria, en Cabo Verde, una isla en el Atlántico que representa el extremo más occidental de África, y que sufre más o menos los mismos problemas que otros países del continente, agravados por su insularidad.
Rumbo a Cabo Verde vivimos un evento que debo contarte, por cuanto de absurdo encierra. Fuimos atacados en nuestro pequeño velero por otro velero un poco más grande. Con armas pesadas nos detuvieron en medio del mar, del infinito océano donde la casualidad parece un hecho improbable, y entraron a nuestra nave. Solo somos cuatro tripulantes: mi marinero y yo, Esmeralda, que hace unos platos memorables en ultramar, y un ayudante de Jodoroy; así se llama mi marinero. ¿Nunca te había dicho verdad? Yo jamás había pronunciado su nombre… hasta hace muy poco.
Los invasores eran piratas de pieles oscuras, toscos, de rasgos estrictos y raros, pero hermosos. Nos ataron a los mástiles mientras revisaban el barco, nuestras bodegas vacías, nuestros camarotes pobres. Nada encontraron. Estaban molestos por la pérdida de tiempo, así que se atascaron con nuestra cena servida, y subieron a bordo, donde uno de ellos había quedado como guardián de los presos. El que parecía el jefe —daba órdenes en una lengua totalmente ajena a mis entendederas— me desató violentamente y me llevó a estribor, desató mis piernas unidas por cuerdas y con la suya me entreabrió recostada a unos cajones de madera vacíos. Estuvo a punto de penetrarme; sentí su pene durísimo juguetear por mis nalgas, por las entrepiernas, por el orificio de mi ano. Estaba aterrada, sin poder entender cómo en tan maravillosa travesía podía ocurrirnos algo así y en especial a mí. Forcejeaba pero solo por no dejar de hacer. Mis movimientos parecían excitarlo. Escuchaba su risa descontrolada sobre mi oreja y cuando volteaba la cara alcanzaba a ver una dentadura blanca inmensa contrastando el rostro negrísimo y la noche misma. Intentaba pensar cómo iba a librarme, cuando apareció detrás del gigante negro mi Jodoroy, que de un puñetazo lo hizo resbalarse por la cubierta. Cuando volteé vi sus ojos hinchados de odio, heridos de celos, y su cuerpo rígido convertido en animal nocturno. Pensé que el turco no le temía a la muerte. No descansó hasta que hubo dejado al negro ensangrentado, para ese momento el resto de los invasores, que ya habían recibido la fuerza de sus puños, había cruzado a su barco dejando atrás al jefe, a quien mi marinero lanzó sin ningún escrúpulo al mar.
No sé qué pasó con el pirata, pero el barco usurpador muy pronto se alejó de nosotros. Jodoroy fue hasta donde estaba y me cargó en su abrazo, porque es como medio cuerpo más grande que yo. Me besó, tan fuerte, tan urgente, que yo ni siquiera pude reaccionar. Se quedó un rato sentado sobre los cajones, conmigo encima como una niña, mientras me prodigaba todo tipo de cariños puros que ni siquiera podía imaginar que tenía dentro. Me acariciaba el cabello, me estiraba la falda del vestido como si quisiera tapar esos espacios por los que unos minutos atrás retozaba el falo negro y duro que no llegó a penetrarme. Lo vi pasar del hombre salvaje, lastimado en su orgullo, capaz de todo, al dulce hombre que abraza a su hija. Era ya tarde y la noche estaba cerrada. Improvisamos algo para la cena y nos fuimos a dormir.
Ensombrecida por los acontecimientos me fui a la proa, que es mi sitio preferido en el mundo, y allí encontré a Jodoroy, sentado con los pies cruzados, como un niño, mirando el agua. Al verme, me sentó sobre el hueco de sus piernas, no había dicho una sola palabra desde el incidente de los piratas y no la dijo en toda la madrugada siguiente, en la que permanecimos despiertos. Allí, sentada de espaldas a él, pero sobre él, comenzó a trenzarme el cabello largo, y mientras lo hacía, sus manos rozaban mi espalda atravesada solo con unas tiras del vestido. Yo me estremecía, dejando en cada roce un suspiro silencioso, que mis gestos, sin embargo, no podían ocultar. El marinero me acariciaba el pelo con sus manos callosas, lastimadas de cuerdas e instrumentos pesados, me rozaba los hombros, los brazos hasta el codo, y regresaba en un ritual sin prisas, mientras mis oquedades se iban humedeciendo, bañadas en fluidos que pocas veces he sentido y que me resbalaban por las piernas, incluso a través de los calzones. Cuando más lo deseaba, aunque todavía no lo esperaba, sentí sus dedos hurgar en ese pozo de líquidos cuyo olor llegaba a mi nariz. Me estuvo tocando otro largo rato, y yo estaba tan ida en el placer absoluto de las infinitas noches deseado, que me abandoné como náufrago en cualquier isla donde por fin hinca el pie a tierra. Lo dejé hacer, sin percibir ya los detalles de sus caricias, que muy pronto me llevaron a un orgasmo inmemorial. La noche apenas estaba comenzando.
Desde entonces, esa proa ha sido testigo silencioso de nuestro amor. Seguimos inventado excusas para permanecer en el mar, como si el regreso a tierra pudiera romper el embrujo de estas noches bellas que me han llenado de un sentimiento inexplicable. Jodoroy y yo apenas hablamos más que para detalles de la cotidianidad del barco. Su voz, cuando va a referirse a mí, cambia, es diferente que cuando le habla al ayudante. Yo no sospechaba que además de un burdo marinero curtido por el sol y la sal podía ser un amante abnegado. Pienso en cada gesto suyo, en cada instante en que lo he sentido deshacerse dentro de mí, y creo que son leyendas que merecen ser contadas sin trivialidades, con la belleza del rito amoroso que me ha ayudado a comprender esta correspondencia nuestra.
Los hechos recientes son parte de esa ceremonia de vida de la que hablas y que hoy, en otro acto ritual, comparto contigo. He tocado lo sublime del placer y me siento bendecida.
Déjame recomendarte una lectura. ¿Virgilio Piñera? es un escritor cubano, conocido poeta y dramaturgo de importantes obras, pero tiene excelentes cuentos. Estoy segura de que lo vas a disfrutar mucho, es un escritor para hombres y mujeres poco triviales.
Te abrazo, regreso a mi sueño marino, espero escribirte pronto. Espero tus líneas, siempre las espero.
Hellena


