Por Alberto Boco1
“Traduttore… ¿traditore?”
En una encomiable labor, la editorial Pro Latina Press, de Nueva York, en su colección Gala de Poesía, dedicada a difundir poesía latina en Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, vuelve a publicar la notable antología personal “La Vida Entera” 2, del laureado poeta narrador y ensayista argentino Luis Benítez, que abarca poemas escritos entre 1980 y 2021, en esta oportunidad en versión bilingüe castellano-inglés.
Para esta edición, la obra contó con dos importantes traductoras, conocedoras de la extensa obra de Benítez. La versión en inglés de los poemas datados entre 1980 y 2006 fue encomendada a la poeta y traductora Beatriz Allocati y la traducción de las obras fechadas entre 2010 y 2021 a la también poeta y traductora Araceli Lacore.
El resultado es un libro que permite al lector en idioma inglés acceder a la obra poética de uno de los principales referentes de la generación poética del 80 y a su vez uno de los más importantes poetas argentinos desde el último cuarto del siglo 20 hasta la fecha. Cabe señalar que la denominada generación del 80 en Argentina comprende a aquellos autores cuyas obras comenzaron a publicarse en la década de 1980.

En todo mito suele haber más de una lectura. En el mito de Babel habría una lectura directa: según el texto bíblico (Génesis 11:1-9) la confusión de las lenguas y la dispersión de los humanos por el mundo es el castigo del dios por el pecado de soberbia. Pero aquellos que guiados por la sospecha leen entre líneas bien podrían imaginar que el todopoderoso quería mantener la distancia por temor a la competencia, tal vez pensó que, con un solo competidor, convenientemente arrojado a la eterna sombra, ya era más que suficiente.
En tren de imaginar supongamos también que en ese acto se sentaron las bases para el oficio de la traducción generando la primera movida en el tablero cuyo resultado sería que la humanidad se comunicara sin restricciones; acaso podríamos decir, ampliando el conocido anatema de la primera expulsión, cuando se fundó también el “ganarás el pan (no mucho) con el sudor de la palabra”.
Del mito, intemporal per se, a estos tiempos de supuestas inteligencias mecanizadas, la traducción, al igual que la muchacha de una vieja publicidad de cigarrillos, “ha recorrido un largo camino”, tan largo como la existencia de la lengua misma.
Cuando Fernando Pessoa sostiene que hay tanta belleza en un soneto de Shakespeare como en el binomio de Newton, el gran poeta portugués no sólo está haciendo una apreciación estética entre poesía y matemática. Nos está diciendo que, pese a su evidente diferencia, hay en ambas manifestaciones un sistema común, un corpus organizado por reglas que llamamos lenguaje. Las distinciones estéticas van a depender de la sensibilidad de quienes las transiten, que es lo mismo que decir que van a ser apreciaciones de la humana subjetividad.
En el mundo de las matemáticas es común escuchar el adjetivo “elegante” para ponderar la resolución de un problema o el desarrollo de un algoritmo. La diferencia es que, más allá de la variación en las notaciones matemáticas (que por lo general obedecen a un acuerdo entre los expertos) el lenguaje matemático ha escapado a la maldición babélica. Como suele decir el dicho: 2+2=4, acá y en la China.
Por su parte, el llamado lenguaje natural, ese “recurso” escrito u oral con que nos expresamos la gran mayoría de los humanos, requiere ser traducido de un idioma a otro para ser entendido y acaso comprendido. Y como decía mi abuela: eso ya es otro cantar. Y si hay un “otro cantar” que lo manifiesta en toda su compleja dimensión, ese cantar, justamente, es la poesía y su difícil traducción.
Decíamos que la subjetividad del lector es el parámetro, por llamarlo así, de la valoración estética, pero, para continuar con ese criterio de uso del lenguaje, ¿qué factores construyen dicho “parámetro”? (¿o más justo y abarcativo sería utilizar la palabra “paradigma”? – acaso esta duda multiplicada por “factores” que agregan una muy mayor complejidad, sea la que se le presenta al traductor en la hermosa y feroz tarea de tener que trasladar poesía de una lengua a otra).
Pensemos que el traductor, obviamente, es ante todo un lector, pero un lector muy especial. Un lector devenido en técnico que debe encontrar la mejor vía para hacer comprender un texto a un lector de otro idioma. Y decimos “comprender” y no “entender” porque estamos sugiriendo una diferencia no menor, en especial si nos referimos a un poema o texto poético o literario en general. Esto en la medida en que entender implica preponderantemente la función intelectual, en tanto la comprensión abarca por añadidura la infinita variable del sentimiento.
En síntesis, eso que acaso pobremente o por pereza hemos llamado “parámetro” se trate tal vez de la incontable masa de experiencias sensibles que se construyen con la incorporación de la lengua materna, sus giros, su musicalidad, sus silencios, esos imponderables que percibimos desde los primeros instantes de la vida y a todo su través, con todas las variables que la evolución de cada comunidad va incorporando en el devenir de la existencia social del sujeto.
Frente a este panorama y esta responsabilidad se encuentra el lector-traductor, que sabe que en la traducción de poesía dos más dos puede dar… un misterio… y ya no hablemos de la imposibilidad de traducir la rima, que sería un ejemplo banal. Hablamos de encontrar la forma (harto difícil) en que un poema, su música y su sonoridad, su ola de sensaciones que en la lengua original transmiten, al decir de Gilles Deleuze “afectos”, intensidades, utilizando palabras, giros y variables que son comunes a la sociedad en que se produce dicho poema, genere el mismo efecto en el texto traducido. Y para no agregar complejidad, no vamos a detenernos en la sutilísima distinción de un concepto que postula Cornelius Castoriadis (que dominaba media docena de idiomas) y que dio en llamar “la musicalidad del sentido”.
Pongamos un ejemplo muy simple, que no requiere aclaración: nos referimos al cúmulo de sensaciones que implica la palabra “desaparecido” para un lector u oyente de la República Argentina, frente al missing del idioma inglés o el scomparso o mancante del italiano, en sus respectivos lectores u oyentes.
La traducción al castellano del poema Aullido, de Allen Ginberg realizada por un buen traductor español seguramente debe haber impresionado mucho más a un lector español que la excelente versión en “castellano-argentino” realizada por Marcelo Covián en la mítica (e inconseguible) publicación de Ediciones del Mediodía (Buenos Aires, 1969); para el lector argentino de poesía la valoración en este caso seguramente es inversa. Y por citar otro caso con igual efecto posible: el excelente poema Una Ola, de John Ashbery, en la versión del uruguayo Roberto Echevarren (en el libro Como un Proyecto del que Nadie Habla, Ediciones El Tucán de Virginia Editores, México DF, 1993) y la versión de Ignacio Infante, (en el libro Una Ola, Editorial Lumen, Barcelona, 2003).
Es prudente tener en cuenta estos breves comentarios para considerar por qué enmarcamos entre signos de interrogación el epígrafe que sigue al título que encabeza esta reseña, nos referimos a “traddutore – traditore”, esa especie de irónica condena a la tarea de la traducción literaria, y en especial de la poesía.
Respecto del libro La Vida Entera y para no extender el contenido de estas líneas, incluimos el siguiente enlace que permite, a quienes estén interesados, acceder a la reseña oportunamente realizada sobre la primera publicación de la antología de Luis Benítez.
Y para finalizar, una breve anécdota:
El poeta y eximio traductor norteamericano Stephen Mitchell, al final de la introducción de su versión inglesa de Sonetos a Orfeo, de Rainer María Rilke, cuenta que, en ocasión de leerlos, al concluir la lectura, comentó con una asistente al evento el fuerte impacto que le había causado la calidad de atención percibida en el auditorio, un público emocionado, en reverencial silencio ante la lectura de los sonetos por él traducidos. La interlocutora le señaló “Escuchaban como el ciervo en el bosque. Como si de ello dependieran sus vidas” (“They were listening like deer in the forest. As if their lives depended on it)3.
¿Qué mayor elogio que dicha metáfora para expresar el logro alcanzado por la versión de Stephen Mitchell? Las traducciones de excelencia, como en el caso que se acaba de referir, merecen el hermoso comentario que recibió el poeta y traductor norteamericano.
La lectura en idioma original de la antología de Luis Benitez convoca esa misma actitud tanto para la lectura silenciosa como para su atenta escucha. Respecto de las traducciones, impecablemente logradas por Beatriz Allocati como por Araceli Lacore, han de provocar sin duda igual reverencia en los nuevos lectores.
Bienvenido sea este lanzamiento de Pro Latina Press para que los amantes de la poesía de habla inglesa puedan acceder a esta antología que sintetiza hasta la fecha la incomparable obra poética de Luis Benítez.
Notas
(1)Alberto Boco nació en la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina, en 1949, donde actualmente reside. Ha publicado 8 libros de poemas: “Arcas o pequeñas señales” – Buenos Aires – 1986 – Libros de Tierra Firme. “Galería de ecos” – Buenos Aires – 1989 – Ediciones Ultimo Reino. “Ausentes con aviso” – Buenos Aires – 1997 – Libros de Tierra Firme. “Cartas para Beb” – Buenos Aires – 2007 – Edición del Autor. “Riachuelo” – Buenos Aires – 2008 – Ediciones de la Quintana. “Malena” – Buenos Aires – 2012 – Edición del Autor. “Estación de nosotros” – Buenos Aires- 2014 – Buenos Aires Poetry. “Visitas inoportunas” – Buenos Aires – 2014 – Editorial El jardín de las delicias. “Para un programa de disolución y otros textos” – Buenos Aires – 2016 – Ediciones En Danza. Mantiene inéditos más de 10 volúmenes de poesía. Poemas suyos fueron publicados en revistas literarias de Argentina y el exterior, entre ellas Río Grande Review de la Universidad de Texas at El Paso, EE.UU.; Revista Nagari, Miami, EE.UU., y Littoral Magazine, Reino Unido. Poemas suyos han sido también publicados en revistas literarias en Colombia, Brasil y Rumania. Ha recibido diversas distinciones, entre ellas el Primer Premio en el Primer Concurso Nacional de Poesía “César Domingo Sioli». de Argentina. Escribió varios artículos y reseñas en revistas literarias impresas y virtuales, de Argentina y del exterior.
(2)The Whole Life. An Anthology / La Vida Entera. Una Antología. Autor: Luis Benítez. Traducción al inglés por Beatriz Allocati y Araceli Lacore, 305 páginas, edición bilingüe (castellano- inglés). Pro Latina Press, Nueva York, EE.UU., 2025. Editora: María Amelia Martin. Diseño gráfico: Álvaro Dorigo. Imagen de la cubierta: Adriana Gaspar, ISBN 979-8-218-65975-2.
(3)Sthephen Mitchel (en la Introducción a «The Sonnets to Orpheus», de Rainer Maria Rilke, Shambhala Pocket Classics, Shambhala Publications, Inc., Boston, Massachusetts, EE.UU., 1993).

