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De cómo me dio por escribir «Titanic City»

Ilustración de portada: Israel Quezada

El título de la novela se me presentó de la nada mientras caminaba distraído por la calle Cerviño. ¿Por qué razón? Sabe Dios. Emergió en una suerte de trayecto inverso al de aquel transatlántico de lujo que se hizo inmortal con su hundimiento. Sin embargo, la elección de ese título que lo rememora no tuvo como fin el obligado bautismo de una novela naciente, por el contrario, fueron esas dos palabras lo primero en concretarse, el disparador de una historia que ni siquiera imaginaba.

Lo más cómodo hubiera sido desechar la ocurrencia para evitar embarcarme -otra vez el barco- en una aventura que ya me resultaba fatigosa. Con mis cuatro novelas a cuestas, la idea de recomenzar esa ardua tarea desafiaba los cimientos más profundos de mi personalidad, donde la pereza es uno de los principales accionistas. Cuentos, canciones, obras teatrales de pocos minutos, eran y son mis actividades predilectas por el plazo que me lleva terminarlas. Una novela es una maratón en la que a menudo uno se lanza sin saber cuándo colocará la palabra “fin”, y a veces ni siquiera bajo qué circunstancia de la historia. Requiere de mucha concentración evitar incoherencias y controlar a un sinnúmero de personajes que, por lo general, tienden a hacer y decir lo que se les antoja.

Me obsesioné con ese título, al que guardaba como secreto de Estado. Y su misma clandestinidad le hizo cobrar fuerza. Supe que debía pasar nuevamente por el riesgoso desafío de escribir una novela. Pero, ¿cuál novela? ¿Qué historia podría justificar ese título fundante? ¿Qué maldito mensaje estaría enviándome mi inconsciente -sí, soy algo freudiano- y con qué aviesas intenciones? Y las preguntas fundamentales: ¿podría yo comenzar el relato sin que un eventual estancamiento lo dejara trunco? ¿Podría proyectar personajes creíbles y significativos? ¿Lograría un final que fuera medianamente digno de mis expectativas? Son preguntas que uno nunca debe hacerse si quiere empezar a escribir.

Decidí no hacerme demasiada mala sangre y basarme en mi cuento “El día en que no hubo viento”, para partir con cierta ventaja. Y desde allí, sí, librar todo el peso del relato a los nuevos personajes. Ellos son duchos en el arte crear situaciones y llevar adelante una historia apasionante, mucho más que yo. Y los dejo hacer, como un director de cine que les planta un guion pero que también confía en sus habilidades para improvisar.

Escribí poco más de un capítulo, y me detuve por meses. Francamente, creo que me faltó convicción para seguir adelante. O quizás fue solo falta de ganas. Entonces ocurrió algo que habría de darme el ímpetu que necesitaba. Fue en 2019, durante la Semana Negra de Gijón. Yo me encontraba presentando mi novela Como perro que aúlla en la oscuridad (Huso Editorial, Madrid, 2019), cuando Juan González, periodista de la agencia EFE, me hizo un reportaje solicitando que le hablara de mis nuevos proyectos. No tuve más remedio que contarle de mi novela en ciernes, y que él publicó de esta manera:

“La ciudad de Buenos Aires bajo una intensa nube de contaminación obliga a la gente a refugiarse en lo alto de los rascacielos, dominados por bandas de criminales vinculadas a los clubes de fútbol. En ese escenario, una mujer que fue capturada por una de las bandas lucha por ser libre y dejar atrás una sociedad que parece muy ordenada pero que es terriblemente salvaje”.

Cuando vi ese reportaje reflejado en varios medios internacionales, me puse a escribir por temor a que alguien me copiara la idea. Anótese que soy paranoico. La escritura en cuestión me llevó unos seis meses, todo un record para mí, y al terminarla, aún ignoraba que poseía cierto carácter profético, ya que a fines del 2020 la nube tóxica que aislaba a la gente en los edificios de Titanic City se convirtió en una pandemia real con similar destino trágico.

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Sobre el autor

Licenciado en psicología, escritor, guionista y compositor. Ha publicado cuatro novelas: Como perro que aúlla en la oscuridad, El último chiste del Gran Jacobi, Ni siquiera nos queda París, Adiós héroe americano. También libros de humor como: Teléfonos Pinchados (al fondo a la derecha), Diccionario Sendra-Goldman de psicología cotidiana, Todo lo que usted siempre creyó saber acerca del sexo (y en realidad no sabía ni medio), Cómo ser intendente y no morirse de angustia, Ni loco vuelvo a ser presidente, y otros.

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