Fragmento gratis del libro Titanic City, de Eduardo Goldman
De tanto otear el horizonte a través de un telescopio, Buenos Aires se le hace el final de un túnel errático y amplificado hasta lo deforme. Un paisaje monocorde, inhabitado, árido. Un océano de nubes blanquecinas, de playas difusas que dejan emerger infinidad de cúpulas urbanas, como islas de piedra gastada. Carcasa de una sociedad moribunda.
Vuelve a refregarse el ojo tenso, herido por el reflejo salvaje del sol en ese desierto de concreto. Piensa en descansar unos minutos, también en que el jefe suele aparecer por la terraza cuando menos se lo espera, y el jefe es generoso en castigos. El miedo le gana a la fatiga. Mejor esperar el relevo en tres o cuatro horas.
La lente se detiene y retrocede, alerta. Algo se ha movido en uno de los balcones, diminuto por su lejanía. Gira el rodillo para acercar la imagen. Contiene la respiración al enfocar ese cuerpo inesperado, suculento. La espalda de una mujer que baja lentamente por la escalerilla de cuerdas, al parecer con antiparras, y algo indefinible que le rodea la cintura. La mujer se interna unos pisos más abajo, dentro de la nube. Y ya no lo ve más.
—¡Mía! —ronca Laucha. Y se pasa la lengua por los labios resecos.
Una voz gruesa irrumpe desde atrás.
—¿Tuya… qué?
El jefe cruza una puertita de metal que le queda chica. Laucha se pone firme, más por susto que por respeto. Golpea el puño sobre su propia tetilla izquierda.
—¡Viva el Esportin! —formula, como un saludo establecido.
—¡Qué viste! —insiste el jefe.
No por nada lo llaman jefe. Su aspecto amenazante, asentado en una musculatura poderosa y una mirada astuta, lo han ungido rey, o emperador, o jefe, da igual.
—Un sobreviviente —se apresura a responder Laucha, para de inmediato corregir—. Una… sobreviviente. Allá, a unas veinte cuadras.
—Así que una sobreviviente —murmura el jefe. Y lo empuja para mirar por el telescopio—. ¿Dónde?
—Más allá de la colina de rascacielos. En la línea del cartel de Toyota. ¿Vio que más atrás se ameseta? De los siete edificios es el tercero de la…
El jefe hace girar el telescopio de un manotazo.
—No me vengas con detalles. Y preparate, mañana salís a buscarla.
Laucha espera hasta asegurarse de que no le temblará la voz al preguntar.
—¿Buscar? ¿A quién?
El jefe tiene la deferencia de mirarlo. Lo toma de la quijada para acercarlo a su cara.
—¿Cómo a quién? A la mina que viste. ¿No decís que hay una sobreviviente?
—S… Sí, pero… Yo ya no voy de cacería. No soy del equipo.
—Ahora lo sos. La tenés localizada. Vas a guiar a los cazadores.
El jefe lo deja caer de rodillas sobre las baldosas rotas. Camina hacia la puertita. Antes de salir habla sin mirarlo:
—La quiero acá mañana mismo. Ya sabés qué hacer con ella. —Y se marcha dejando la puerta abierta.
—Claro que sé —murmura Laucha, incorporándose. Y enseguida se imagina sobre ese cuerpo de mujer, besándole el cuello, poniendo sus ávidas manos sobre los pezones para apretarlos con fuerza, alucinando el brote de una corriente cálida y lechosa, succionando con la lengua, hundiendo los dientes como si excavara en un pozo de petróleo blanquecino. Se frota el pene apoyando una mano en el telescopio, que gira hasta hacerlo trastabillar. Súbitamente mira hacia la puertita temiendo lo peor. Para su alivio, comprueba que está solo. Y se promete no volver a soñar.
No es fácil seguir el paso una y mil veces por esas escaleras que parecen interminables, pero si le gustara lo fácil no sería el jefe. O el Magno, como suele llamarlo el doctor, vaya uno a saber por qué. Había tratado de explicárselo alguna vez. Magno como Alejandro, o Carlomagno. Un prócer. Eso le dijo el doctor, con ese velado tono de burla que tanto odia el jefe. Le dijo que era el prócer de una nueva civilización. Pero al jefe todo eso le importa una mierda. Sólo quiere seguir siendo el dueño de las tribunas del estadio, ahora devenidas en pueblo, con una hinchada, según la estimación de los técnicos, de casi tres mil personas. Él, y ese puñado de fanáticos, la vieja barrabrava del modesto club barrial que nunca había sumado más de veinte seguidores, ahora cuenta con tres mil. Es como transformarse en River, o en Boca. El Barcelona, ya que estamos. Esta es una barrabrava en serio, y no la del Esportin. Eso sí, hay que mantener el escudo; glorificar hasta la muerte a esas franjas blancas, negras y amarillas. Porque los jefes no se venden. Se puede transferir a un jugador o trompear a un dirigente, pero abandonar los colores de un club no va, no al menos para un barrabrava que busque ser respetado. Esportin City es el nuevo país en este complejo de tres torres interconectadas. Y al parecer, el único país del mundo. Es mucha responsabilidad y por eso debe andar con pie firme. En especial cuando decide bajar hacia el área de control en el piso veinticinco, con los escalones enmarañados en la penumbra, y la claridad difusa que en cada rellano se filtra por las ventanas.
Divisa un bulto más abajo, en la escalera. A la instintiva alarma propia de un líder que ve atentados por todas partes le sigue el fastidio. El doctor. Distingue su boscoso pelo negro y ese maletín médico que saca a pasear cada vez que lo carga con una botella, y que ahora yace dos escalones debajo de él.
Le gusta verlo así. Con toda esa labia, esa educación superior, esa soberbia que lo hace creerse por encima de todos. Le gusta verlo humillado por el alcohol.
—¿Siempre en pedo, tordo?
El doctor se toma unos segundos para mirarlo. Eleva la botella a modo de saludo.
—Es mi estado favorito, Roldán.
El jefe se sienta un escalón arriba. Decide ser agradable. El doctor es el único en todo el complejo a quien le permite llamarlo por su nombre, no porque le agrade, sino porque es el único médico en todo su dominio y eso lo convierte en una herramienta de poder. Una de tantas.
—Si llego a descubrir quién te surte de botellas lo paso a degüello.
—¿Qué tenés contra las pobres botellas? Son la mejor cura para la sobriedad.
—Lo que siempre digo, sos un vulgar borracho.
—Vulgar no. Beber es humano, embriagarse es divino.
—Para todo tenés una frase, ¿no? Como buen intelectual. Yo soy bruto, pero te ordeno que no chupes.
—Muchos andan chupando y vos mismo los viste.
—Pero ellos no son médicos. Vos sí. ¿Qué pasa si te necesito y estás como una cuba?
—No te preocupes, Roldán. Si te veo doble curo a los dos.
Arrima el pico de la botella a su boca pero el jefe le agarra la mano.
—No estoy jodiendo. —Le saca la botella y amaga tirarla escaleras abajo, se arrepiente y toma un buen trago—. ¡Me encanta el whisky! Me hace sentir que la vida es buena. ¿Pensás que soy alcohólico, tordo?
—Claro, igual que yo. De tal amo tal criado.
—Mierda. Otra de tus frases.
—Pertenece a Petronio.
—¿Petronio? —La risa le hace temblar el pecho—. Qué nombrecito. ¿Y ese en qué club jugaba?
—Me decepcionás, Magno. Si hubieras leído el libro que te regalé, no harías una pregunta tan boluda.
—Uhhh… se calentó el tordo. Vos sabés que no leo libros. Y menos de esos que te gustan a vos. ¿Cómo se llamaba?
—Petronio.
—Digo, el libro.
—Quo vadis.
—Mierda. ¿Y eso qué quiere decir?
—Creo habértelo dicho. Es latín. Significa… a dónde vas.
El jefe hace un gesto de extrañeza y se lo toma a broma.
—¿A dónde voy? Al piso veinticinco.
Se incorpora y empieza a bajar los escalones.
—Roldán, mi botella.
—Confiscada. Sabés que está prohibido beber a esta hora.
—¿Desde cuándo?
—Desde ahora. Es la ley.
—No jodas. Aquí no hay nada parecido a una ley.
Roldán se detiene. Vuelve un par de escalones y con premeditada parsimonia bebe largamente de la botella. Eructa mientras la invierte para mostrar que no queda una sola gota.
—Por si no te enteraste —prologa, retomando la charla—, aquí se hace lo que yo digo. Yo soy el que manda, el que decide lo que está bien y está mal. En otras palabras, yo soy la ley.
El doctor aplaude sin sonido.
—Muy buen discurso. Ahora que… si me permitís un comentario, Magno querido, con la inimputabilidad que me da esta borrachera, la palabra ley es una blasfemia en tu boca.
—¿En serio? ¿Y qué tal si ordeno cortarte la lengua?
—Tus órdenes poco tienen que ver con algo tan sagrado como la ley. A ver si abrís un poco esa cabeza pelada que tenés. Las leyes son una garantía de orden, de… cómo decirlo, estabilidad. Uno sabe qué esperar de ellas, porque son previsibles. Y no hay nada tan imprevisible como tu estado de ánimo.
—Bien dicho, tordo. Pero no hacés más que darme la razón. Imaginate que ahora nos cae un rayo encima. ¿No sería eso imprevisible? O viene un tornado, o explota un volcán. ¿Quién se esperaría algo así? Esta misma nube tóxica que nos engulle centímetro a centímetro. ¿Alguna vez te imaginaste que iba acabar con nuestro mundo? La vida no es previsible, tordo. Y yo soy precisamente eso, la vida. Les enseño que deben estar preparados para todo. A que nada es previsible, a que vivan atentos, despiertos. Porque si cierran los ojos por un instante…
—Estás loco, ¿lo sabías?
Roldán deja caer la botella vacía dentro del maletín.
—Cuidado con lo que decís. No te arriesgues a caer bajo el peso de… mi ley.
La carcajada del jefe se va apagando de a poco, a medida que se aleja por las escaleras. El doctor queda mirando su maletín, escalones abajo. Las palabras caen pesadamente de su boca.
—Te estás divirtiendo conmigo, Roldán. Me pregunto cuándo decidiste matarme.
Se le ocurre que sus ojos son un cuchillo que rasga con su filo un helado de crema a medio derretir. Es lo que a ella se le ocurre cuando busca enmascarar su miedo, cuando se interna en lo profundo de la nube. Elude la inquietante fantasía de toparse con algo inesperado, monstruoso, más aterrador que el tendal de cuerpos descompuestos que suele sortear en su camino, cadáveres tan familiares que ya los acepta como parte de su mundo urbano, como pudo ser, en un tiempo, el mercado chino o el kiosco de diarios en la esquina.
Empieza a faltarle aire y oprime la goma del salvavidas infantil para una nueva y última bocanada. El salvavidas a lunares es lo único que le queda de Damiancito. Recuerda contra su voluntad aquella tarde lluviosa, cuando corrieron juntos para cruzar la avenida y se refugiaron bajo el toldo del comercio. Esa vidriera que tentó al niño y lo empecinó a que ella le comprara el pequeño salvavidas, ese que solo podía flotar en una bañera, ese que nunca usó. “Sabe Dios para qué te lo compré”, le decía. Ahora sabe para qué. Fue el legado de vida que le dejó Damián, antes de imaginar su leucemia. Mejor no recordar. ¿No es suficiente la penosa carga de estar viva? ¿De qué sirve pensar en un féretro que nunca cierra? Se concentra en la pesada bolsa que arrastra por el piso, llena de conservas. La linterna en su mano libre. El paso cada vez más rápido porque se le agota el aliento. Siempre el miedo a perder el camino en esa viscosa masa que no la deja ver más allá de su brazo extendido. Por fin, el cadáver de la anciana, o lo que parece haber sido una anciana; un cuerpo informe y descarnado, solo las fibras más íntimas y la boca casi desdentada en una mueca que debió ser de terror. Al principio la paralizaba, ahora no es más que una señal en el camino. Como un cartel indicando la parada del colectivo. La salvación está cerca. Cinco pasos y a la izquierda. El muro del edificio. La escalerilla de cuerdas y peldaños de madera. Subir soportando el peso de una bolsa abarrotada, la linterna de goma aferrada al cuello, la escafandra convertida en una prisión sofocante. Subir apretando la boquilla con toda la fuerza de sus labios, apareada a un equilibrio endeble con cada peldaño ganado. Hasta que emerge de la nube. Su boca se libera de la boquilla para devorar bocanadas de aire caliente. Se detiene, apoya la frente sobre la pared del edificio y piensa en lo que le espera allá arriba. La invade el oscuro impulso de dejarse caer. Su estómago se contrae en arcadas. Y el vómito cae sobre viejos vómitos.


