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Bendecida por las barrancas de los nacidos para correr

México Desconocido, marzo, 2018.

Cuando se ha recorrido medio país para llegar a Chihuahua, se ha atravesado en el celebérrimo tren el Chepe desde Los Mochis hasta Bahuichivo y luego otras horas descendiendo en camioneta por los fantásticos morros… cuando se está en la línea de meta, con decenas de kilómetros de barrancas delante de los pies y a punto de cumplir un sueño, es difícil resumir los sentimientos que abruman el corazón de un corredor. Así me sentí el domingo 4 de marzo de 2018 antes del disparo de arrancada en la decimosexta edición de la Ultramaratón Caballo Blanco.

Hace unos pocos años tuve la necesidad de hacer algo por mi salud física y espiritual. Había pasado un lustro desde que me convertí en todo lo que ha marcado mi madurez: emigrante, extranjera, hija adoptiva, escritora, nostálgica empedernida de lo que había tenido que dejar atrás. Tanto peso me demolía el cuerpo. Un poco antes de que llegara al umbral de no retorno, visité las Barrancas del Cobre, divisé las largas serranías cortadas a la medida, y escribí luego sobre los rarámuris, los dioses de las barrancas, hechos de acero, que en el norte son el orgullo y también la gente más pobre.

La obra Nacidos para correr (Born to Run), del periodista norteamericano Christopher McDougall, cuenta la historia de Caballo Blanco, un gringo desesperado que aterrizó en los noventa en busca del secreto de vida de los habitantes de la Sierra Tarahumara, y que con el nuevo milenio inauguró la hoy mitológica ultramaratón, donde nacionales y extranjeros van a medirse en la carrera de montaña con su ancestral pueblo. Esta obra habría de inspirarme para elegir la carrera como el deporte que iba a salvarme de aquello que cargaba con mi trashumancia. Mucho ha llovido. Cientos de kilómetros de libertad han curtido mis piernas de bellos paisajes. Y en ese marzo de 2018 dejé sobre las barrancas de Urique un sueño que alguna vez me pareció absurdo. Hoy que mi alma está en sosiego, mis demonios domesticados y mi corazón herido de amor por esta tierra, puedo decir que he corrido libre —como reza el slogan de la carrera— y he llegado a una meta, no importa cual. 

Cada año el mundo se asoma por una ventanita de esos riscos a ver qué sucede en la Caballo Blanco, en sus inicios llamada Ultramaratón de las Barrancas del Cobre. Los rarámuris son capaces de correr cientos de kilómetros o de andar días enteros, invencibles, y con un estilo de vida y alimentación espartanos. Su cultura sigue siendo un secreto inconquistable, aunque no sus serranías. Deslizarme por una ladera, con un sistema de olas montañosas, a veces verdes de árboles, y otras de abismales piedras coloradas, cobres o naranjas, es una de las imágenes que traigo ancladas al alma. Otra, el sonido de los huaraches con suelas de llanta y tiras de cuero con que corren estos hombres y mujeres hace miles de años, mientras el desarrollo puso en los pies de los corredores del resto del planeta sofisticadas zapatillas.

En medio del rutilante paisaje, una mujer tarahumara mecía el camino. Traía una falda amplia morada. Un pañuelo de colores le volaba la cintura. Sobre sus hombros caía una blusa ancha y verde que se abría al paso del viento en el cuerpo. En los pies, sus sandalias, y en la cabeza, una melena espesa de cabello atada en una cola larga hasta las caderas. De fondo, un cañón rasgado magistralmente zanjaba el cielo azul de la sierra. Cierro los ojos y todavía puedo verlo.

El recorrido sale de la comunidad de Urique, donde la emoción detona días antes, y de donde parten luego los extranjeros a sus tierras y los rarámuris a sus sierras, queriendo sostener el consuelo del pronto regreso. Muchos lo hacen. Los 80 kilómetros pasan por las comunidades de Guadalupe, Los Naranjos, Guapalayna y Los Alizos, teniendo como base de operaciones a Urique. Los corredores estarán ahí afuera desde que amanece hasta que caiga el sol. Algunos regresarán con las estrellas. La carrera es seria, es dura, pero a los más de mil corredores que ese año salieron de la plaza municipal de Urique los unía la misma quimera que a mí.

El espíritu de Caballo Blanco, Micah True, que puso en el mapa estas sierras y en la curiosidad del mundo la magia de sus habitantes, se olía en las estepas. Las más renombradas leyendas rarámuris caminaban por las calles de Urique, confundidas entre los cientos de tarahumaras que atravesaron decenas de millas para participar en la carrera. Ganaría uno, Miguel Lara. La justa femenina premiaría a una delgada y firme mujer de Naucalpan, Carmela Martínez. Para los rarámuris, además de desplegar el espíritu por sus quebradas, correr la Caballo Blanco significa ayuda en dinero y comida. Así que hoy, en pleno siglo XXI, siguen corriendo por el mismo antiquísimo motivo: sobrevivir. Allí, en las terracerías de las tantas millas a recorrer nos enseñaron el valor de pertenecer a un suelo, deberse a él, y la libertad de correr.

Estos años que he pasado, sin saber, preparándome para correr junto a los tarahumaras en su mítica carrera, me han enseñado una nueva forma de vivir. Me siento alumna de lo esencial y lo salvaje, de la libertad. Cada kilómetro ha dejado labrado en mis huesos una enseñanza que el tiempo ubicará en su justa dimensión entre los tuétanos. Hoy soy mejor mujer que aquella que soñaba con desandar las legendarias barrancas. Y la Sierra Tarahumara me ha bendecido con un sentimiento de plenitud indestructible.

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Sobre el autor

Escritora, periodista, maestra de escritura creativa y editora. Su primera novela, Bahía de Sal, ganó el premio Juan Rulfo en 2016, y ha sido publicada en España, México (Huso) y Argentina (Qeja). Es autora también de Monte y ciervo herido (divulgación científica, editorial Gente Nueva, Cuba, 2010). Nostalgias de La Habana, Memorias de una emigrante, (Südpol, Argentina, 2017). Luz en la piel, cinco voces de mujer (Huso, España 2018). Los amores prohibidos de la muerte (Huso-España, 2019) y varios libros de cuento inéditos y antologías. Actualmente cursa una Maestría en Letras Latinoamericanas en la UNAM, México.

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